Cuento para despertar humanos, no para dormir infantes
Cuento por Sonsoles R. y Alberto N.
Horrible. Sí, realmente todos los que estábamos allí evitábamos mirarle, pero una especie de atracción morbosa hacía que nuestros ojos fueran incapaces de despegarse de él. Incluso su madre parecía claramente avergonzada de haber engendrado semejante ser. Por otro lado, también era evidente que intentaba disimular su espanto, no tanto por su propio hijo como por todos los demás. Nosotros. Viajeros, transeúntes.
Desconocidos, al fin y al cabo. Trataba, supongo, de impedir que nadie pudiera poner en evidencia su personal creación. Personal era en todos los sentidos. Como si durante la gestación hubiera ido meditando, poco a poco, cómo podría de-formar a su hijo. Una cabeza desproporcionadamente grande, ojos estrábicos, brazos hasta las rodillas y por supuesto, pequeñas piernas arqueadas.
Mi madre me contó una vez que cuando estaba embarazada de mí, iba decidiendo cómo iba a ser su futuro retoño. Cuáles iban a ser mis intereses, qué se me iba a dar bien y cómo sería físicamente. Es como si la madre del pequeño monstruo hubiera estado jugando con Mr. Potato durante nueve meses, sin reposo, sin piedad. Por lo demás, el niño quizá no fuera tal. Me refiero a que su voz era grave y sus piernas y brazos estaban recubiertos no de vello, sino de pelo. Centímetros y centímetros cuadrados rebosantes de largo y oscuro pelo. ¿Y la barba? Sí, también tenía barba, y bigote, y entrecejo, y patillas que se unían con la barba dándole un toque aún más simiesco, agachupinado.
No era un caso típico de alotropía, es decir, no era un fenómeno comparable, por ejemplo, con el hombre lobo mexicano, ese que salta desde las revistas amarillistas a nuestros ojos. Los doctores no entendían por qué había nacido un ejemplar con rasgos de iberismo tan prematuro: cabezota (en ambos sentidos), problemas con su perspectiva, y brazos alicaídos.
Los señores en la sala de espera del hospital murmuraban riendo entre dientes que el que tenía que fumar el puro era él. Las señoras, en la capilla, después de persignarse y pedir algo lindo para ellas, añadían, riendo entre dientes, un milagro para su amiga, decían que más que pecho la madre seguramente le daría la espalda. ¿Pero no era eso lo que ella había estado de-formando en su mente? Quería el prototipo de hombre español y ahora que lo tenía en su regazo ella pensaba que no podría alimentarle.
Y en menos de lo que pare un chino, estaban ahí todos los medios de comunicación, la noticia sería perfecta para la ficción alegre-veraniega de los telediarios. El morbo estúpido de meter cuchillas en pos de un cambio radical. Los representantes de productos para la depilación estaban ahí también. La competencia era voraz y querían zanjar su problema y diferenciarse de las demás que solo promueven la belleza; también estaban los dueños de los circos a los que les habían crecido todos sus enanos y hasta atrás, asqueados del panorama, estaban los más reputados científicos genetistas interesados en acrecentar su reputación. La madre empezaba a intuir que había que tener cuidado con lo que se pide, puesto que muchas veces puede cumplirse. Y así, esclava de sus pensamientos, empezó la trayectoria vital de Modosito... Así es como la criatura había nacido con su particular pan bajo el brazo.
Cuando cumplió los 21 años, P.J. vio un documental que le cambiaría la vida. Gracias a él, nunca jamás tendría una relación cercana con una mujer. “Las relaciones humanas, sentimentales y sexuales”, decía afanosa la voz en off,”se basan principalmente en una inevitable atracción olfativa. Además, no sólo el género femenino”, seguía explicando, “busca un olor atrayente en el macho, sino que busca aquellos especimenes fuertes y por consiguiente capaces de defender a sus crías en caso de peligro”. J no era fuerte. J no olía bien. Lo más agradable que alguna vez había emanado del cuerpo de J era ese inequívoco olor a aftershave barato que su madre traía a casa para uso común.
Le tomó algún tiempo darse cuenta de que no sólo no resultaba atractivo para las mujeres sino que, éstas, más bien, se alejaban de su lado. Después de varios años de completa inactividad sexual, J. descubrió que, al contrario de lo que pasaba con los humanos, los animales, en especial los mamíferos, sí parecían entenderse bastante bien con él. Explicar el cómo lo descubrió sería adelantar acontecimientos (quedan tantos acontecimientos por adelantar…). Sin embargo, sí puede afirmarse que desde el mismo día en que J descubrió el sexo, comenzó a obsesionarse con los parques zoológicos. Los visitaba todos. Incluso organizaba viajes en solitario con el único fin de conocer nuevos animales del extranjero.
De cierta forma, era verdad que la memoria humana relacionaba las cosas mejor según el olor, pronto a J. le comenzaron a consultar sobre las particularidades olfativas del reino animal, los otros reinos le causaban alergias y la experiencia olfativo-erótica con medusas y otros crustáceos de caparazón áspero le echaron para atrás inmediatamente. Se dieron cuenta que, cómo él, nadie conocía el comportamiento de los mamíferos y que su particular olor —fácil de ocultar en público, pero repelente de mujeres por cuestiones de instintos primigenios— hacía que fuera invisible también a todos los demás mamíferos —casi como con las mujeres, sólo que ellos no hacían muecas de asco, no lo veían, era uno más—. Esta obvia ventaja sobre sus congéneres le daba una visión nueva de la vida, una conexión diferente. Así también, él poseía talento para olfatear las situaciones, incluso el peligro. Los científicos sabían que era invaluable alguien capaz de no modificar el entorno con su presencia. J. sabía y soñaba por las noches que, si entraba en el grupo de científicos, tendría a su alcance toda la variedad del reino animal, dinero y... ¿Reputación?
Dr. Màrius llega tarde —como siempre—, a su despacho en el hospital de Connecticutt de niños prodigio con abolengo, niños con dotes cognitivas especiales, como también simplemente niños especiales sin talento, arrastrados allí por sus padres, que sueñan con ser abuelos de los hijos de los futuros Bill Gates.
De cualquier forma, estos sólo pueden ser tutelados por personas igual de especiales. No obstante, el caso de Màrius es extraño, amaba su profesión y se había entregado a ella. Pero el tiempo hacía mella en su mente llena de ideas y, a medida que envejecía, él, que fue un amado niño prodigio anterior al auge de la informática, se encontraba más y más celoso de lo prematuro del caudal de inteligencia que poseían estas máquinas de pensar y de resolver problemas, el mismo origen del pensamiento. Se topaba ahora con un problema sentimental y una frustración irresoluble, todo un reto para una mente intelectualoidemente (sic, o ¡hic!) prodigiosa.
El problema en cuestión tenía nombre de mujer y vivía encerrado en un cuerpo de niña de nueve años. Una jovencísima Lolita llamada Eva, Evita, que el Dr. Màrius no tardó en calificar como un caso excepcional de sexualidad prematura. Evita, con sus rizos castaños y sus falditas de tablas. Ese era el quebradero de cabeza del brillante Dr. Màrius. Un prodigio de hombre desde su nacimiento, y con una marcada tendencia a conductas paternales y sobreprotectoras con sus ratas de laboratorio, pero no con sus hijas, Laura y Sonia P.
La madre de Evita llamó al Dr. Màrius un once de junio de hace ya varios años. Su principal preocupación era que su pequeña parecía demasiado inteligente para su edad. Con tan sólo cuatro años, Evita leía como un adulto, resolvía problemas matemáticos complejos y, lo que es peor, lo comprendía todo. Lo que la madre de Evita desconocía era la constante obsesión de su hija por levantarse la falda en público y realizar gestos obscenos a los hombres mayores. Sí, Evita había comprendido todo demasiado pronto.
El día en que ingresó en el área infantil del hospital de Connecticut para niños superdotados o, en cualquier caso, especiales, supo de inmediato que aquél centro le abría multitud de posibilidades para desarrollar sus prematuros instintos. No tardó en convertirse en la favorita del Dr. Màrius y, pese a su corta edad, supo conquistar a todos con su desparpajo. Pese a todo, desde su llegada, las morigeradas cartas de protesta de los padres de niños especiales se multiplicaban. Explicaban, haciendo un esfuerzo por parecer al menos igual de inteligentes que sus retoños, que desde hacía unos meses veían a sus hijos cambiados. De manera más específica, en el sentido de que ahora, en sus llamadas telefónicas a casa, les preguntaban constantemente en qué consistía exactamente el acto de “follar”.
(Algunos detalles por adelantar…) CONTAR CASO DE HOMBRE RUSO QUE RESOLVIÓ EL PROBLEMA DE LAMARCK (DESPUÉS DE ONCE AÑOS) Y RECHAZÓ EL RECONOCIMIENTO (AHORA TRABAJA EN OTRO PROBLEMA MATEMÁTICO, QUE NADIE HA PODIDO RESOLVER, ESTA VEZ SÍ PIDE DINERO), 2+2=4€.}
(Y después… Retando un poco a Nabokov y excitando a algún prelado, obispo, cardenal, arzobispo, pronuncio, pontífice, jerarca, nuncio, misionero o sacerdote bloggero…) EXPLICACIÓN-DEBATE DE EVITA Y MÀRIUS SOBRE EL TEMA ESE DE FOLLAR, COPULAR Y REPRODUCIRSE.
En ese mismo instante unos señores decidían la suerte de los pobres, fijaban las reglas de su auto-hagiografía y se unían a la conspiración para la destrucción. Eran ellos, junto a la ficción de los telediarios y la abulia que causaban los políticos y las tetas a altas horas de la noche, los mismos que bombardeaban y contaminaban con químicos (tinta, celulosa, rayos catódicos, plasmas, bluerays), producían las más horribles deformaciones de la realidad.

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