Alberto Noriega y Martín Romaña (O cómo Bryce Echenique plagiaría mi futuro)
Trataré, metaficcionando un poco, de explicar esto. Coincidía que, justo cuando me vino el libro a las manos; yo, como después pasaría con el personaje, me sentiría¬ algo enfermo y excentrado. En parte era atribuible a toda la presión y sinsabores que tenía o había construido a mí alrededor. Sobretodo la novedad que suponía tener que sentir una desazón raíz de un desengaño amoroso. El primero, que me llevaría a las mismas conclusiones que al personaje: “Alguien que no te ama en la enfermedad no merece estar a tu lado Martín” o algo así. Esa era la única conclusión que me servía, aunque estoy diciendo mentiras (puesto que no me interesa clarificar los detalles de mi ruptura amorosa, metaficciono).
«Creo que nunca comprenderás hasta qué punto me afectan tus extravagancias y tus excesos, por no llamarles locuras. Esto se debe, me imagino, a que tu compañía suele resultarle muy grata ala gente que sólo te frecuenta socialmente. Pero mi caso es distinto, pues yo tengo que vivir contigo, de tal manera que tus excesos y locuras se conviertan en mis condiciones de vida».
En mi caso primero vino el desengaño y después vino mi enfermedad. De cualquier forma coincide el alejamiento durante la gestación de una enfermedad. Además, su Inés y mi Inés tenían el mismo amor idolátrico por parte del personaje en un principio y también compartiríamos el mismo desgaste de una persona que observa más a un niño que a un hombre. Como a Martín (y a la inmensa mayoría de los hombres, supongo) mi Inés también me bizqueaba, como bien empleaba él para definir esa especie de mirada ausente pero desaprobadora.
«Y fue también, en este departamento, donde “la bizquerita” de Inés –una manera de nombrar el desagrado–, junto a un cuello inquisidor que se añadió en los últimos cuentos, hizo que el espacio circunscrito de la casa compartida resultara insoportable».
El personaje tiene un mejor amigo que se llama Enrique Álvarez de Manzaneda, lo mejor del personaje es que su manera de ver la vida lo enfrenta al grupo y, lo que es más doloroso, a Inés. Martín tiene que elegir, por desgracia. Y su elección es, como no, Inés. Sin embargo, Enrique tiene unos bultos en el cuello. Bultos con los que Martín empatiza tanto que se los nota también. Cuando conoce a su verdadero amor, Octavia (que no saldrá con todo su esplendor hasta la segunda parte del díptico):
«Además Octavia, el primer día de conocer a Martín, y a una distancia considerable, había visto “los cinco bultitos” que el protagonista tenía en el cuello por empatía con Enrique (Que sólo tenía uno pero murió por él). Recordemos que Inés nunca creyó en los bultitos del protagonista que los creía fruto de su hipocondría (claro que Inés bizqueaba constantemente y no estaba para enfoques)».
Nunca se aclara que eran eso bultos o el jebecito estiradísimo.
