Menita y Bitcho...

Paseaba de su mano, la había reconocido de entre las otras, le había querido conocer hace tiempo. Las paredes sabían que, para ambos, estaban sólo para arrojarse hacia ellas, así las paredes daban el soporte necesario y los demás casi no existían, sólo bocas y dedos. Se habían conocido como en un sueño circa alguna época de subidón civilizacional y amor por vivir rodeados de verde, azul y marrón. Y se habían reencontrado en este mundo que sí, era muy bello desde lejos, hermoso y único, hasta ahora. Pero al acercarte el tufo a injusticia y mezcla de concreto y cloacas, todo eso, el mundo humano, se parecía ya a un cadáver al que crecían uñas y pelo, uñas largas y pelo en un sistema que renqueante, injusto desde su nacimiento, daba para disertar eternamente. Sabían que habían superado sus pruebas. Ahora buscaban su huequito, un nicho pacífico que se extendía hasta por las paredes. El kibbutz estaba en ellos, en verse, en estar juntos, pensar en tiempo presente. La cuestión era por dónde perderse. Se adoraban y se reconocían en los ojos del otro, cosa que o bien lleva un tiempo o que casi ya no pasa. Añoraban perderse, compartir sus paraísos. La historia que estaba como ya escrita y borrosa, no hacía más que empezar. Pero el narrador (y yo le creo) estaba en esa especie de 'tres puntos', empero decía que estos eran una interjección casi sonora, los típicos tres puntos que se oyen y duelen. Así, la historia no se escribía y las paredes eran, una vez más, testigos petrificados del todo mundo humano, el primer 'golem' pues viven en su artificial naturaleza y nos encierran a veces, como también éste narrador que no logra animar ni su torpe amigo para que regrese de sus...

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