Why drink & drive when you smoke & fly?








Esta es una serie de artículos agresivos para regresar a un espacio literario-periodístico único e individual, mi personal conquista. Los ubico, estoy en un avión en Bruselas hacia México. En la pantalla un aviso: “Thanks for flying”, eso es lo que nos dicen, pero agradecería que lo que pueda volar sea el avión. Nosotros no volamos, aunque a veces... En mis sueños de niño, en los que para volar hay que correr y tomar vuelo, los tengo todavía. El mundo económicamente está muy raro. Gasté más en café y tren dentro de Bruselas que en el vuelo de Barcelona a Bruselas, y es que llevo dos días viajando para ir a México lo más barato posible. 
            Pasan las horas acompañado de mi libreta y la excelente música de la franquicia Starbucks, me pregunto si tendrán una playlist diseñada para acompañar al buen café, cosa extraña es esta franquicia, pues no han gastado ni un clavo en publicidad y han logrado separar al amante del café de su fiel carcinogénico cigarro. Todo gracias al boca a boca, así la franquicia con más crecimiento internacional no gasta nada en publicidad y explota a los cafeteros por más precio justo que les cuenten, !Aguas! En el avión estaré once horas, pues vuelo en el sentido que gira la tierra, y cuesta mucho más avanzar así, pero no me quejo pues peor sería que se detenga (la tierra o el avión). Yo aquí sigo, atrás va un cabrón buena onda, pero gordo, gordo, gordo… Con ese cantadito y toda la cara de trabajar en algún oficio que deja mucha lana muy rápido… Cada vez que se levanta, se agarra de mi asiento, y me catapulta después hacia adelante, su hija quiere hacer pipi pero hay turbulencias, no la dejan levantarse, ya saben cómo son de intransigentes con lo de ir al baño cuando hay turbulencias, y la muy consentida no para de llorar.
             Lydia Cacho y Juan Emilio Caltzontzin, o algo así, son mis únicos referentes periodísticos que recuerdo en Cancún (bueno, realmente no). La primera se metió con los que no debía para alcanzar mucha proyección; y el otro, que pasó de hacer los cafés a los directivos de Televisa, se metió con los que sí debía para acabar siendo el gurú de la comunicación en Cancún, después de Oscar Cadena, claro, que por cierto ya me enteré porqué se salió del D.F. y se vino a Televisa Cancún. Pero eso se los voy a contar otro día; ahora sólo estoy sacando cosas al azar sin ánimos de herir, precisar o intentar alguna pirueta literaria, forzada como de costumbre.
               A mi derecha hay un predicador cristiano-evangélico hondureño, así que Jesús y el papel de la iglesia son por primera vez un problema en las alturas, en el cielo de nuestro señor. Me cuenta cuánto le gusta cantar canciones cristianas a los paisanos latinos de Europa. Yo pensaba en los presocráticos, en Píndaro y en mi último genial mentor. Pero ahora más en Protágoras, Heráclito y Empédocles (santo de todos los mexicanos en su Guadalupe-Reyes). Explico: Guadalupe-Reyes, costumbre mexicana de chingarse un caballito de tequila o un algo alcohólico cada día, todos los días, desde el día 12 de diciembre, día de la virgencita morena de Guadalupe (María aquí está choteado) hasta el 6 de enero, día de Reyes (Melchor, Gaspar y mi mentor, Baltasar).
             Los belgas son muy belgas y muy buena onda. Bruselas mide como tres kilómetros de ancho y es la capital europea. Además, resulta sintomático de la desunión europea que sigan con cierto descontrol gobernativo para decidir quién gobernará a flamencos y valones, cuál es el idioma oficial y piden ser dos naciones reconocidas (aunque Bruselas-capital, Flandes, Valonia y los Cantones del Este son las cuatro partes que la componen). Así, en la capital de la Unión Europea se habla flamenco (avestruzano, diría mi hermana) o neerlandés, francés y alemán. Y el valón no es un idioma, para nosotros es una redonda falta de ortografía, aunque es una lengua románica que proviene del francés y con mayores préstamos del latín más conservador. con tanta confusión, en la capital de Europa te ven feo si sólo hablas inglés, y peor si hablas, como es mi caso, un francés macarrónico con flagrantes problemas de seguridad, que yo podría llamar balón o hablar haciendome pelotas.            Caminando para no dormirme por los pasillos, veo las caras de las personas y me llega cierto conocimiento metafísico sobre ellas. Pero es algo así como la música, la literatura o la danza, algo que no se puede sentir ni transmitir, sino es a través de mucha práctica y total entrega.

            En las alturas el alcohol sube mucho mejor, por la presión atmosférica supongo, así pido unos vinos tintos (3 euros la botellita chirris), vino rojo (en francés), vino negro (en catalán). Yo, cansado y con los ojos inyectados en sangre, pensé en inglés: red wine, pero el color del vino es el vino. O lo mismo: “a beautiful deep ruby sheen with tinges of violet, a belle robe rubis profond a refléts violacés”
            Me enamora el vino y a mi derecha e izquierda hay niñas con las que me encantaría tener una conversación, pero nada, el predicador evangélico me come la oreja y yo me como con la mirada a la de mi derecha y la de mi derecha se come la ventanilla. Así, veo que llevo el sino calamaresco ("soy muy sensible a la belleza, que no distingo el corazón de la cabeza") y sabinesco ("de sobra sabes que eres la primera, sin embargo un rato cada día, sabes... te engañaría con cualquiera, te cambiaría por cualquiera"). Pero es mejor saberlo, aceptarlo, admitir este defecto (?). La líbido masculina es una montaña rusa cuando ves alguna montaña mágica (y no la de Thomas Mann). Por si fuera poco, las azafatas me enseñaron su calendario 2010 en diminutos bikinis. Pero todo es un enamoramiento irreal y dionisiaco, pues no es por culpa del amor que cometemos muchas estupideces, algunos sistemáticamente, sino por el deseo. Esa fuerza más poderosa que la gravedad que a todos les llega, deseo. Pero por suerte hay algo más poderoso que el deseo, y esa fuerza es el amor. Esa es la que me lleva a mí. 
           Así, ya bien borracho, adormilado y sonriendo sardónicamente, veo que con las latas de Coca-Cola y los vasos de plástico puedo ir degollando personas y secuestrar el avión para que en un futuro la humanidad deje de sufrir tanto por algo que era tan bello y emocionante como volar. Jetlag poco, dormí 24 horas al día siguiente, previo consomé de barabacoa en la Plaza de Toros. “No hay bajo la luna mexicana mejor menú para un perro andaluz”.

Comentarios

Monik ha dicho que…
Hey Alberto, ¿qué será lo que tienen los aviones, autobuses y trenes que las letras fluyen casi por sí mismas? Adoro ese aislamiento que dan los traslados, en el que te das cuenta que sólo eres tú y tu cuerpo, (y tu maleta, claro) fuera de todo contexto. Nada, disfrutemos de la introspección en tránsito y de sus tantos frutos.
Y felicidades por el blog... tiene muy buena pinta.
(Ya quiero saber porqué se le ocurrió a Oscar Cadena venir a invadirnos aquí!)
Un abrazo!

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