Mi Kibbutz
Mi ventana lleva a un paraíso raro, abstraído y después hecho materia por el alma y en el alma. Quiero decir que puedo ir allí a menudo, siempre que la imaginación me lo permita. Pero hoy me lo permiten mis ojos que vuelven a escrutarla, estoy en mi kibbutz, mi destino, mi deseo. Mi ventana es testigo de más noches que días, y las hay huracanadas; otras, simplemente, lluviosas y como la de hoy que es una noche larga, lenta, pesada y húmeda, sin viento casi, por eso huele más a trópico. A mar.
Es justo la hora del cambio de turno. Los grillos relevan a los pájaros. Los monos aulladores buscan víctimas para mostrar su rugido de jaguar. Es la hora de reptar. Todo esto es resultado de la intensidad con la que ha estado calentando el sol. El paraíso, sin la sombra, sería insoportable. Y sin la noche... Menos mal.
Mi ventana da a un camino nocturno, sólo cuando resplandece de blanco lunar. Con esa esfera plena, la blancura de la arena es una escena lumínica lunática. Además, los sinuosos caminos trazados por ermitaños dejan huellas que te permiten adentrarte en las cavilaciones nocturnas de un cangrejo.
Yo también soy ermitaño.
Las palmeras rodean el blanco lunar sin ningún patrón previsible, unas inhiestas, otras diagonales, otras gachas, otras curvas. Pero eso sí, todas se reproducen y mueren. Sus cocos, de tanto en tanto, golpean el suelo como si un boxeador golpeara un saco de arena.
El camino se pierde y se llega a un horizonte donde la arena, el cielo y el mar se unen. Todos testigos y propiciadores, como nosotros, de un incesante vaivén, un eterno batir. Dulces estruendos entrecortados y acompañados, casi siempre, mas hoy no, de viento, y huele y duele tanto su belleza detenida en mi respiración como brisa única. Y el camino en que desemboca sigue para aquellos que puedan caminar con sus ojos hasta el final de la parte resplandeciente de blanco lunar del agua.
El camino es mágico, ¿quién no ha soñado seguirlo?. El cielo y la negrura del mar Maya. Invita a siglos de observación, filosofía y contraste de cosmogonía. El agua está, como no podía ser de otra manera, caliente. Los ojos no cesan en su disfrute, hasta que me distraigo, hay tanto bicho fluorescente.
En el suelo, también puntos diminutos de verde radioactivo brillan. Yo los cojo, me los pongo en la frente, en la nariz. Huelo el mar, cargo energía pensando en la energía que debe de tener mi fitoplancton, y lo importante que son para mí hasta los microorganismos que permite ver mi ventana.

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