Corriendo borracho por la historia callejera de Barcelona

         


Voy corriendo a pagar mi renta, tardísimo al Palau Robert. Una  vez más me ha cogido el toro por los cuernos. Estoy enfrente del Palau, mi casero también, tengo que seguir corriendo y no puedo decirle que el Palau Robert hace una exposición sobe infraestructuras… Antes había algo mejor, y no me refiero a cuando Robert Robert Surís (Barcelona 1851-Torroella de Montgrí 1929) adquirió los chalés de Salamanca, en la incipiente esquina del paseo de Gràcia con la Diagonal, y los derrocó para construir allí su residencia familiar, la ciudad de Barcelona se encontraba en un momento de grandes transformaciones. Un decreto real de 1859 había aprobado el plan de reforma urbana y ensanche de Ildefons Cerdà y el año 1888 se celebraba la primera Exposición Universal.


         Pero tengo que correr, suspiro delante de El hotel Colón (en la esquina de la plaza de Catalunya), el jardín de las Delicias, Camps Elisis, el Teatre Tívoli, el Teatre Novetats, la Pedrera… Trato de imaginar esto a finales del siglo XIX, seguro maravillaba como ninguna otra ciudad europea… Los edificios de la "Manzana de la Discordia” y el mismo Palau Robert daban un relieve significativo a la vía que unía la ciudad vieja y el antiguo municipio de Gràcia. Lugar al que tendría que dirigirme ahora, pero cuesta dejar de caminar por estas calles. No me extraña nada que la burguesía catalana dejará el Passeig Joan Borbó como zona predilecta para caminar con la cabeza bien erguida y luciendo sus mejores atavíos.


        Pero no hay tiempo, hay que salir corriendo, adiós cases Rocamora de Bassegoda, con su estilo góticamente afrancesado.


         Sigo corriendo, pero veo una encina  que supuestamente plantó Mossén Cinto Verdaguer…  ¿Será verdad?

Mossèn Cinto Verdaguer escribió sobre ella:
"Aquí sempre seràs una forastera, una estranya, un arbre de res, mirat de reüll per tots els partidaris de la simetria i de l’uniformisme. Aqueix costum que tens de guardar les fulles d’un any per l’altre aquí no és seguit per gairebé ningú. Si vols que t’ho diga clar, això fa pobre. Aquí els arbres menys luxosos, fins els més estalviadors, estrenen un vestit de fulla verda i flamanta cada primavera, i ells mateixos faran córrer que tu no tens sinó un trajo per presentar-te al públic ( ...)".


       Pronto, el paseo de Gràcia y la rambla Catalunya pasaron a ser los sectores predilectos de la burguesía barcelonesa. El Liceu, recién inaugurado, era un centro de reunión de las clases acomodadas, pero, a finales del siglo XIX, la industrialización se imponía con fuerza y transformaba la economía y las mentalidades. En 1902, en Barcelona estallaba la primera huelga obrera. El movimiento artístico del Modernismo se abría paso y Antoni Gaudí iniciaba la construcción de la Sagrada Familia (hacia 1893) y de la Pedrera (1906-1910). El paseo de Gràcia se convertiría en el lugar de mayor interés de los arquitectos Domènech i Montaner, Puig y Cadafalch y del propio Gaudí. Pero, gracias al derribo de las murallas –de las que hablaremos más adelante-, en 1854, esta arteria urbana se convertiría en uno de los lugares de ocio y de comercio más importantes de la ciudad.


         Quiero seguir corriendo por el Paseo, pero algo me impacta, que es ese estilo, “árabe”, de verdad, se llama así… “Neoárabe”, me dice un señor parado (pensaba que se refería a mí) observando el número 24, la puerta me susurra y suena esa música de cercano oriente tan encantadora en mi cabeza. Música cercana, pues la cultura árabe se desarrolló en toda la Península. Me acuerdo de algo que leí.  –“Soy del arquitecto Bassegoda”, “¿Me recuerdas?”, dice la puerta y continúa: “Removieron toda mi decoración original”, “fue Pere Benavent quien reformó los bajos de la fachada”. Y a mí, qué…


           Me quedo mirando y pienso que me recuerda algo, digo como idiota en voz alta: “la casa de Pedro Libros -Pere Llibres-”, también está por aquí cerca y tiene que ser neoárabe también. No hay lugar para andar con prisas, es una injusticia. Caminar pausadamente es tan importante como leer pausadamente, y yo debería correr, como siempre, hoy, por culpa de la huelga esa de funcionarios, pobres trabajadores (¡?). Debe ser una señal o algo, pues quiero llegar a mi casa, y vivo, curiosamente, al lado de otro edificio neoárabe, cerca de la plaza Lesseps, la casa Ramos.


           La “Manzana de la Discordia”, que buena historia para pensar de camino a casa de mi amor, le contaré tantas historias, no sé porqué ama también estos detalles raros sobre Cataluña, empezaré por la casa Amatller, con su feroz apariencia de modernidad a ultranza, entendiendo la modernidad por latón (forja),  madera –mahón- y las vidrieras. El arquitecto aquí intento recargar el edificio a más no poder y zanjar así el debate entre quien de los tres hacía una obra más prestigiosa en aquel enclave, los otros, claro, son Antoni Gaudí (casa Batlló) y Domènech i Montaner (la Casa Lleó Morera) y la casa Amatller (Puig i Cadafalch). Encargo del industrial del chocolate, Antoni Amatller, él quería un palacio gótico urbano con una fachada plana, un patio central y una escalera para acceder a las habitaciones principales.


         La casa de Lleó Morera, me dijo alguien que aquí “modernismo y modernidad se encuentran”, creo que entiendo eso, pero da para pensar qué significa, antes era confuso diferenciar, pues luego está el posmodernismo y todas las bromas hoy sobre los modernos, en fin... En la primera planta se observan los relieves de Domènech i Montaner. El cincel del maestro Eusebi Arnau. Cuatro elegantes damas nos exhiben los avances que la ciencia, como Prometeo con el fuego, daba a la humanidad: el fonógrafo, la electricidad, el teléfono y la fotografía.


          La casa ganó el primer premio de un concurso de arquitectura organizado por el Ayuntamiento. Situado en el número 35 del Paseo de Gràcia. En 1906, consiguió este  galardón. La casa pasó a ser propiedad de Antoni Morera, después  pasó a su sobrina Francisca, que murió antes de ver la remodelación que se había comenzado, y llegó a manos de Albert Lleó i Morera, es decir, el nombre con el que se le conoce actualmente.


         Me arrepiento mucho, pero tengo que continuar, siempre corriendo, dejando currículums, tratando de arreglar mis dilemas… La manzana de la discordia, buen nombre. Pues por una discordia laboral me había perdido la clase donde íbamos a hablar de los edificios más emblemáticos del Passeig de Gràcia, historia callejera que nadie conoce y que sólo unos pocos transmiten de forma oral como el profesor que, pase lo que pase, no dejará de caminar y acumular más acerbo para su anecdotario histórico.


          Al final, me encuentro a compañeros en frente de donde trabajé, conocidas como las casas Carbó, al lado de la Pedrera, un edificio construido por otro arquitecto insigne, Antoni Rovira i Rabassa, donde, hasta hace unos meses, se alojaba la sede de la fusión en el CIDEM y el COPCA: ACCIÓ. Así, cada día iba a la Pedrera o Casa Milà, nombre que viene, supongo, de la “sorna” con la que se burlaban de la señorita Rosario Segiomon, su propietaria (no confundir con la viejita pensionista que heredó la última planta y no la vendería por nada del mundo); pero el nombre de Milà es un error, ese era el apellido del amante que fue después pareja oficial de Rosario Segimon, a la muerte de su marido, el acaudalado señor Guardiola. Por lo anterior, se hacía la broma con doble sentido de que tenía la “guardiola” (también “alcancía” en catalán) en casa y a su amante en el Teatre del Liceu. Pero el pueblo designó que la casa fuera conocida en honor a su amante, Pere Milà.

        Salgo de aquí, tengo que seguir buscando más formación y trabajo, algo que me permita demostrar que estimo y conozco algo este lugar, cada vez menos, ya no se parece tanto al lugar al que llegué. Antes de salir, ahora sí, corriendo, leo y pienso en mis amigos vascos, hermanos de mis amigos catalanes, y compañeros inquietos de facultad, me gustaría tomar una cerveza viendo la placa que hay en el Passeig de Gràcia 60, la placa nos recuerda las relaciones especiales que hay entre Euskadi y Catalunya.


       De camino a casa de mi novia, vive en Vigatans –como se llamaban antes los partidarios del Archiduque Carlos de Austria durante la guerra de Sucesión- tema en el que mejor no entrar hoy, lo que quiero que recuerden es nuestro lugar especial, el Fossar de les Moreres. Donde su inscripción tiene otro significado, aquí la traición no se refiera a ninguna patria, se refiera a traicionar los sentimientos del otro, decir siempre la verdad… Espero, pues, que nuestro rincón sea el mejor sitio para abdicar de cualquier futura traición, es nuestro lugar especial, y no podemos pasar por debajo sin besarnos, es como nuestro muérdago. Una adaptación de una costumbre sajona.


                                                                          “Al fossar de les moreres / no s’hi enterra cap traïdor; / fins perdent nostres banderes / será l’urna de l’honor”

            Para terminar voy a otro lugar donde suelo trabajar, el Ateneu Barcelonès, con sus viejos que juegan al ajedrez y leen en el jardín romántico colgante (pues está en la primera planta). La decoración es exquisita, hoy más, pues la biblioteca fue renovada el año pasado. Ser socio cuesta alrededor de 25 euros al mes. Pero puedes después dejar de pagar y, si se han acostumbrado a ver tu cara, pasa, bienvenido seas.

          Su origen verdadero es el antiguo Palacio de Savassona, que tiene su origen en el Medievo. Desde 1836 es la sede del Ateneu Barcelonès. Una entidad emblemática de la cultura catalana. Todavía conserva detalles de los arquitectos Jujol i Giber y Font i Gumà de 1906. En la biblioteca te observan los bustos de Marià Agulló (como no, de Eusebi Arnau, 1898) y otro de Jacint Verdaguer (Manel Fuxà i Leal (1903).


             La sala de lectura es una joya del modernismo, el jardín colgante, del romanticismo y, mención aparte, la cabina del ascensor que llegó a nuestros días con su aspecto original. La madera tiene acabado modernista, con una reja forjada en hierro de un trabajo que destaca, como también el vitral que está en la parte superior de la cabina.

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