Ella y su lugar




Ella y su lugar (acompañamiento lento guitarrero)

Y se va a ese lugar,
con nombres tan familiares.
Algo quedó en la memoria,
manchón de tinta, amiga mía.

El alma estaba ya muerta,
de tantos nombres tan familiares,

tanta tanatos,

tanta tanatos.

Llegará la hora de dar más tumbos,
llegará la hora de ver más tumbas,

Estar,
quizás no,
juntos,
ahora sí,

Yo ya te he dado tu lugar:
lugar familiar de la memoria,
donde a dar tumbos se va,
juntos...

Ahora no.
Pero...
Te he dado tu lugar




Mientras:


En ese mismo instante unos señores decidían la suerte de los pobres, fijaban las reglas de su auto-hagiografía y se unían a la conspiración para la destrucción. Eran ellos, junto a la ficción de los telediarios y la abulia que causaban los políticos y las tetas a altas horas de la noche, los mismos que bombardeaban y contaminaban con químicos (tinta, celulosa, rayos catódicos, plasmas, bluerays), producían las más horribles deformaciones de la realidad.
Las células, al fin, se daban cuenta de algo, «siendo nosotras la mínima unidad de conciencia, somos las destinadas a regresar la conciencia al mundo», es decir, nos obligarían de nuevo a vivir con ciencia. Así decidieron que revelarían su secreto más personal, la apóptosis: su particular suicidio, apenas compresible aún para nuestros científicos. Y sólo así empezábamos a comprender la gravedad que emanaba de nuestra situación en el mundo, nuestras mínimas unidades de conciencia habían decidido programar su muerte. Empezábamos nosotros a darles a ellas completamente igual. Y de esto es lo que va el cuento.

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