Cosme contra el cosmos y las momias

Cosme contra el cosmos y las momias
Por Alberto Noriega
Para Carlos Fuentes D.E.P


 “Nos hemos dejado dividir y dirigir por los concupiscentes, los ambiciosos, los mediocres. Los que quieren una revolución de verdad, radical, intransigente, son por desgracia hombres ignorantes y sangrientos. Y los letrados sólo quieren una revolución a medias, compatible con lo único que les interesa: medrar, vivir bien, substituir a la élite… Ahí está el drama de México” (Carlos Fuentes, La muerte de Artemio Cruz, 1960)



Susan Sontag, seria como yo.



En el Estado más bello del mundo había un reino político, el reino de Cantina y Rock, un reino joven y alegre que apenas empezaba a hacer las cosas bien… pero, lo hacía dentro del imperio postmexica, salpicado por sus tendencias centralistas e historias viejas que acababan con todo. Ese antiguo imperio de la obscuridad nacía de la injusticia y la infelicidad y moría –hace años que estaba dando sus últimos estertores— con el mismo resultado. Cambiar eso: esa era la tarea de Cosme, pero primero tendría que ser capaz de describir lo que pasaba...  Si no a qué cuento con tanta lectura y sentimiento… Ahora, esa fuerza obscura, quería globalizarse, apoderarse de todo el mundo. Los años de imperio del patriarca autocrático de más de 70 años habían dejado la región más bella algo esquilmada, el reino en ruinas. En el castillo de Cancún no faltaban sonrisas, parques, naturaleza en estado salvaje, experiencias nuevas. Antes, había tomado el rumbo incorrecto con la forma de presentarse y escoger a sus invitados, Cosme veía que éste se resentía fácilmente, era un destino especialmente cruel según la coyuntura y sus dioses enviaban furiosas tormentas, perredistas con manos largas, caciques, inversionistas gringos despiadados y, desde hace unos años, mantenía vínculos con los orcos más cabrones de todos, esos, los pinches violentos, ya sean policías o narcos.
                Un nuevo rey se hacía con el poder, Robot E. Borrego I. Era joven y no era profesor, estadista, etnólogo, historiador, politólogo, no era mucho… Pero era joven, sólo eso. La nueva reina era más joven, más bella y tenía que ser así, tenía que ser una veraddera dama la única que podía dar esperanza a un reino así; no había otra manera, ella tendría que marcar la diferencia, pues con un nombre como Robot E. Borrego... Ella, Lazaría Morrina I, era algo distinta: amaba su reino, había ido lejos para aprender cosas que pudiera aplicar en su tierra, tenía don de gentes y lenguas –básico para comunicarse con todos los excéntricos súbditos del reino de Cantina y Rock—. Cosme no estaba enamorado, ni un poco, de la princesa. Cosme no pensaba que Robot E. Borrego fuera malo, pero era grande, poderoso y joven, tanto que Cosme se preguntabas si veía todas las posibilidades y sensibilidades. El emperador de la globalización, el de los numeritos, el facebook, las grandes inversiones, gringos, lambiscones y lame-culos estaba detrás del poder, siempre….  Y ellos sí se dedicaban a explotar las posibilidades y las sensibilidades.
                ¡El títere de la izquierda o de la derecha?, para Cosme todos los que pedían un voto tenían que ser títeres. El Castillo de Cancún era uno de los feudos más preciados, la verdadera capital del reino de Cantina y Rock. Cosme veía cómo se había convertido en un castillo digno de todos los nobles y plebeyos del mundo. Lo único es que no se acababan de cerrar los círculos, siempre había carencias. No se creaban ideas que podían cambiar al resto del imperio postmexica, al contrario, había un cierto páramo cultural que entristecía a Cosme, aunque estuviera en medio del paraíso. Él era un poco bipolar y, a veces, pensaba en morir de alguna forma en la que su osadía fuera un acto cobarde y heroico definitivo. Así, soñaba con una nota suicida que rezara lo siguiente: “Hice lo que hice porque nadie más lo hubiera hecho. Que mi propia falta de voz sea oída, para siempre…”. Cosme decía desde pequeño que era ciudadano del mundo. Pero Cosme con convicciones, bandera, laca y plantillas, tertulias políticas, contactos con comunidades indígenas, eco-aldeas, altermundistas y artistas altermodernistas. Ahí, pudo divisar cierta teoría, cierta liberación (no confundir con  teoría de liberación) y experimentar la libertad, la creación, el debate, su correcta expresión.
                Cosme cree que hay muchos problemas que resolver, pero antes hay muchas otras cosas que sobran, que hay que quitar, abolir; eso es lo que hay que hacer primero. Robot E. Borrego y Lazaría Morrina (sus padres le llamaron Lazaría por el famoso personaje bíblico, el del “levántate y anda”, pues Lázara era feo) tenían todo lo que necesitaban, qué más quieren que el mar y la riqueza de un Estado joven y atípico. Se supone que los que hemos crecido con el mar tendríamos que ser como más grandes, integrales, completos…
                Cosme se dejaba ir para adelante con todo lo que pensaba. Cosme creía que no había nada bendito, nada estático. Cosme amaba el cambio y odiaba a los materialistas, “No te quiero por interés, sino por el capital”. Cosme odiaba a esas ratas de ciudad, los que piensan que “el campo es aquel lugar donde los pollos se pasean crudos”. Cosme odiaba al pueblo que era arañado por zarpazos de ese dragón de tres cabezas: religión, sexo y televisión. Cosme reconocía defectos en su carácter, pero creía que el problema venía más bien de algo tan lógico como que la gente inteligente duda, mientras los imbéciles se lanzan segurísimos a todas sus empresas.               
                Cosme sigue leyendo y provocando cambios desde su puesto privilegiado, donde no hay fronteras y todos son hermanos por conocer, aún lee a Kropotkin, Bakunin, Plejanov, Engels, Marx, Chomsky, Kapuscinski, Galeano, Saramago, Daniel Bell, Webber, Galbraith,  Frost, Kant, Jung, Schopenhauer, Rosseau, Rosa Luxemburg, Alexandra Kollontai, Saint-Simon, Samir Amin, Gunder Frank, Derrida, Kwame Anthony Appiah, Jesús Mosterín, Ivan Illich…    

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