Sobre la maldita cadena de la chingada de la que escribió Fuentes
Sin título, pero con ganas.
Por Alberto Noriega
Sobre la maldita cadena de la chingada de la que escribió Fuentes en su obra maestra, La muerte de Artemio Cruz
Por Alberto Noriega
Sobre la maldita cadena de la chingada de la que escribió Fuentes en su obra maestra, La muerte de Artemio Cruz
Con todo y que de “ciudades cosmopolitas” conozco unas pocas, pues tampoco como para andar presumiendo. Cuando trato realmente de buscar en esa palabra algo de significado, miro hacia México… La ciudad hibrida por excelencia, se sabe tradicional y cosmopolita a la vez. Es raro olvidar que los mexicanos de provincia, específicamente los yucatecos, les han dado su nombre, chilangos –término que viene del maya xilaan, que significa “pelo revuelto o encrespado”— así, su estar a la moda, nos lo revelaba su larga greña y, ellos, los nuevos chilangos, estaban encantados.
Como todos los grandes movimientos e ismos, su nombre es la adecuación de una voz peyorativa, así, los yucatecos pueden sentirse orgullosos de haberles dado gentilicio. Aunque, admitámoslo, “Haz patria, mata a un chilango” no es una arenga demasiado cosmopolita... Igual se debía a que nos daba mucha envidia ese gusto por lo urbanita, su peculiar bagaje y mezcolanza, eso sí, siempre con un toque cosmopolita que a los muy tradicionalistas (tan mexicanos que muchos ya no nos reconocemos) les hacía sentir algo provincianos.
Yo siempre he admirado otro rasgo que los define: su instinto de supervivencia. Hoy, todos vemos en el D.F. a la gran capital, legado de toda nuestra historia, todos compartimos la camiseta de la selección y la mágica voz chingada, y nos reconocemos parte (y apartados al mismo tiempo, cosa rara…) de ese tradicionalismo a ultranza que nos abre puertas en todo el mundo. Lo que nos hace renegar la globalización, aceptar el mestizaje cultural, aceptar el cosmopolitismo como fuente de ciudadanos del mundo y acabar con la maldita cadena de la chingada de la que escribió Fuentes en su obra maestra, La muerte de Artemio Cruz:
La Chingada. Nuestra palabra. Tú y yo, miembros de esa masonería: la orden de la chingada. Eres quien eres porque supiste chingar y no te dejaste chingar; eres quien eres porque no supiste chingar y te dejaste chingar: cadena de la chingada que nos aprisiona a todos: eslabón arriba, eslabón abajo, unidos a todos los hijos de la chingada que nos precedieron y nos seguirán (…)
Por desgracia, la incultura invita a pensar que ser cosmopolita es pedir el cocktail que piden las neurasténicas menopáusicas de Sex and the City o leer las revistas de moda que no hacen otra cosa que hacerte sentir pobre, de poca monta y feo, como Cosmopolitan, etc. De aquí, yo no creo que salgan los futuros ciudadanos del mundo. Así es, del mundo, no de sus grandes ciudades, el mundo no son estas megalópolis, sino su contrario. Tampoco es cosmo el que se va a vivir a la playa, abre negocios por el mundo; ni esas ratas de ciudad, humanoides de hoy, aquellos que piensan que “el campo es el lugar donde los pollos se pasean crudos”…
El verdadero cosmopolita, simplemente, busca trascender las divisiones geopolíticas. Es, también, un proyecto político. De hecho, fueron los estoicos los primeros en definirse como “ciudadanos del mundo” acuñando el termino cosmópolis. Hoy, es una alternativa pacífica a toda la destrucción que ha causado la identificación con el Estado-nación, sus guerras, el sumum malo, madre de toda destrucción y que hoy se va globalizando. Los precedentes más cultos sobre lo cosmopolita serían Kant, con su ensayo, La paz perpetua. O aquel “Newton de la moralidad”, según definía Kant a Rousseau.
No queremos pecar de moralistas, pues no tenemos el secreto para cambiar a nuestro Estado o Nación, mucho menos hoy, sólo decir y, más importante, hacer las cosas cómo las sentimos. Somos alternativos, pero complementarios, no radicales de panfletos propagandísticos. De cierta forma, vemos que la globalización ha jodido al cosmopolitismo; los globalifóbicos de Zedillo tenían razón: la democracia cosmopolita no verá nunca la luz; pues hay una tendencia que acaba con todo y nos trata como numeritos. Así, nosotros, los cosmopolitas, nos identificamos con el existencialismo, nos hermanamos un poco con los anarquistas y con los socialistas, leemos a los viejos pensadores y discutimos en tertulias que se echan de menos en los bares y cafés. Pero, también, nos cuidamos todo el tiempo de la violencia y de sus reducciones absurdas o pasadas de moda, pues hoy sabemos que la izquierda no es ni la sombra de lo que fue y con los años hemos perdido la inocencia, sabemos de cuál calzan, pues, les tenemos bien tomaditas las medidas.
Así, sólo veo lo cosmopolita desde una mirada renovadora y oblicua; perspectiva que busca revolucionar, rebelar, moverse, crear una nueva era de relaciones y maneras de compartir. Hay más cosas malas que quitar que buenas que poner. Tomen nota, pues el camino pasa por la interdependencia compleja, las múltiples identificaciones y crear una sociedad internacional que crea en la posibilidad de la paz perpetua (a ver quién es el figurín que se pone a corear estos cánticos en las manifestaciones). Para eso, abolir la imposición de categorías artificiales, castrantes de la felicidad y contrarias a la evolución humana que nosotros, los jóvenes, encarnamos.
Nosotros tenemos claro que “aquellos que tratan separadamente la política y la moral, nunca podrán entender a ninguna de las dos”. Y aquí falta mucha autocrítica (y moral) señores. Es tiempo de ver los resultados de las elecciones, es hora de definir la verdadera naturaleza del lugar, este lugar se hizo con personas venidas de todo el mundo, pero ninguno tuvo un proyecto de cosmópolis. Simplemente, los ricos piensan que los paraísos naturales son de ellos para vender a todos. Y son negocio. Tanto, que somos uno de los Estados más ricos. Así, el lugar sólo se globalizó y falta mucho para superar ese provincianismo flagrante, pues no nos hemos cosmopolitizado ni un poco, y estamos hartos, de verdad. Desde aquí la solución: luchen por una causa perdida y sean felices.
