LA VIDA EXAGERADA DE MARTÍN ROMAÑA Y MI VIDA EXAGERADA




Ahora me hace mucha gracia contar historias
y que la gente me diga que las he inventado.
Luego, cuando las escribo, me dicen que son
autobiográficas.

Alfredo Bryce Echenique,
Permiso para vivir (Antimemorias)





LA VIDA EXAGERADA DE MARTÍN ROMAÑA Y MI VIDA EXAGERADA
Paralelismos exagerados de un joven autor.




“Lo fantástico fuerza una costra aparencial, y por eso recuerda al punto vélico; hay algo que arrima el hombro para sacarnos de quicio. Siempre he sabido que las grandes sorpresas nos esperan allí donde hayamos aprendido por fin a no sorprendernos de nada, entendiendo por esto no escandalizarnos frente a las rupturas del orden”. Julio Cortázar. La casilla de los Moreli.




Por Alberto Noriega del Castillo


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omo decía García Márquez, que una persona puede identificarse más o menos con una obra, depende mucho de su imaginario. Nadie puede incidir en este terreno de tan profunda y trascendente interpretación. Tengo muy claro que cuando se puede establecer una relación de este tipo con cualquier obra de arte, entonces esta obra de arte se trasciende a sí misma y sirve como ejemplo de que siempre hay un libro esperándonos para darnos cobijo, sombra, y así comprobamos que los que escriben su propia manera de concebir las cosas viven ajenos a la intertextualidad, casi todo está escrito y vivido.

Con el primer libro del díptico Cuadernos de navegación desde un sillón Voltaire, La vida exagerada de Martin Romaña, he tendido esa especie de lazo trascendental, que escapa a cualquier estudio objetivo de la estructura de un libro.

Con esta exposición personalísima y breve de cómo nos puede cautivar un libro busco evitar los formalismos propios del análisis de lo autobiográfico, aunque en esto en Echenique nos reafirma muchos conceptos del relato autobiográfico. Insisto que más bien necesito abordarlo desde la perspectiva que tiene un grupo minúsculo, por desgracia. Me refiero a la mirada de un joven latinoamericano con pretensiones de escritor salido de familia con apellido aristocrático y una realidad dura, en plena construcción, uno que también se enfrenta al choque de ideologías políticas, a turbulencias sociales y universitarias (yo viví Boloña del 2008, en satírica referencia a ese mayo). Y, qué decir sobre la enfermedad (en el libro también el personaje y un amigo padecen de bultitos en el cuello), e incluso la pérdida que conlleva el primer desengaño amoroso.

« Qu’on ne s’assure de l’amour que par la douleur »

«De no haber sido por el humor... »

Pero sigamos mejor con nuestro tema. Como con Silvina Ocampo los lazos entre autor, personaje y narrador no son fáciles de delimitar. Así se escapa de la autobiografía en un sentido estricto. En este sentido, cabe decir que Bryce Echenique, tiene un volumen de memorias editado con el nombre “Permiso para vivir” (Antimemorias), donde se puede ver que tanto hay de él en Martin Romaña.

Martin Romaña como personaje es un prototipo de intelectual que sale a la búsqueda de las ficciones leídas y creídas y llevadas como consigna. Pronto se da cuenta de la realidad que envuelve a la vieja Europa, y tanto se escapa de aquella a la que había sido llamado desde las páginas de Hemingway, Vallejo, Henry Miller, Baroja. 

Yo pensaba firmemente, antes de desembarcar, que encontraría primero a un grupo de intelectuales de mi edad pero europeos, por tanto más progresistas que nadie y, segundo, al amor de mi vida. Encontré y perdí lo segundo, de los primeros he localizado grandes personas y mentes, y no me quejo. Lo primero no fue más que una idea falaz al estilo de las anécdotas hemingwayanas españolas (recuerdo que cuando corrí en San Fermín me acordaba de èl), tampoco había rastro de «El Grupo» de latinoamericanos emigrados y europeos progresistas destinados a cumplir mis fantasías literarias.  

Martin Romaña no es sólo un personaje, es una forma de hacer literatura magistralmente concebida. La sensación de mise en âbime, o de vértigo narrativo es un éxito que consigue con casi todas sus novelas. En Tantas veces Pedro (1977), el narrador y el protagonista emprenden un viaje entre el olvido y la memoria de un amor, Sophie. Aquí luchan la realidad y el pasado, el recuerdo y la memoria, la deconstrucción y la metaficcionalidad se apoderan de toda la escena y se logra la sensación de ser testigos de un muy intenso conscience flow, o flujo de conciencia tan ambicioso que nos permite ser parte esa estructura compleja que se resuelve con mucha fortuna en sus novelas; aunque la ruptura amorosa es un tema que aparece muchas veces en su obra.

Para Bryce Echenique la escritura no es sólo constatación o invención, sino también momento de profunda reflexión, incluso reflexión manifiesta de los mismos problemas causados por la literatura.  Así el libro también juega con la posibilidad de vengar o reconstruir cuestiones turbias del pasado que nunca nos acabaran de dejar de ver donde está la realidad autobiográfica y la ficción.

El rabioso sentido del humor con el que Martin Romaña concibe al mundo no se debate con el concepto de verdad, así se es testigo de la creación de un mundo muy propio. Desde esta nueva posición se analiza y participa en la izquierda latinoamericana, en el mayo del 68, en la universidad francesa, en la clase media parisina, en la nobleza europea, en el mito Hemingway. Todo queda expuesto y con ello el nuevo y complejo concepto de verdad que se revuelve en toda la obra de Alfredo Bryce Echenique.

Si el libro además de todas las identificaciones a las que me he referido viene a ti en un momento donde ver con claridad tu verdadera posición en la vida y los cambios de valores sobre temas de tan fundamentales en la evolución humana como el amor, el compromiso político, la literatura, la universidad, la amistad, la enfermedad, la depresión, las clases sociales, el primer desengaño amoroso y el humor ante la vida... Toda la lectura se vuelve entonces un divertido vaivén, se suma otro flujo de conciencia que encuentra ahí palabras más conscientes y reales que las que brindará la realidad. Ese punto donde la literatura implosiona y se vuelve en algo más complejo. 

Cabe mencionar que a razón de analizar lo supuestamente autobiográfico en este libro su autor, Alfredo Bryce Echenique ha visto casi alicaído que ni la literatura permite moldear la verdad, ni tampoco lo permite la vida misma. Es en el cuento ‘Una carta a Martin Romaña’, incluido en Magdalena peruana y otros cuentos (1986), donde, al estilo de Henry James, pone en duda a los cuentos y a las novelas. El eterno debate entre la realidad y la ficción. Además acusa a los medios de comunicación y otras manifestaciones artísticas como posibles contaminantes para aprehender el concepto de lo que es la verdad. Por eso siempre, siempre utiliza el humor para difuminar la complejidad, la sinrazón, el nonesense de la vida, ya que el camino pasa por el fracaso y el desencanto, así que el humor surge como adyuvante necesario para aminorar el impacto que tiene conocer los auténticos contornos de la verdad.

A pesar de que es factible entrar en un estudio de lo que es ficcional en cada crónica, ensayo o texto memorístico, aquí se deja ver (como con Silvina Ocampo, dicho sea de paso) que los géneros quedan tan estrechamente vinculados que se cuenta la vida desde un ángulo del «mentiroso que siempre dice la verdad». Es decir, como si la escritura llevara consigo una codificación de lo que la memoria literaria guarda de la realidad –y la supervivencia de lo fantástico que siempre sublima a la experiencia.

El personaje pasa por fases muy características en la vida, éstas están en constante comunicación con lo que estas facetas tienen también de realidad. Hay que recordar que el libro, por suerte está escrito diez años después en el tiempo (suerte por lo rumiado de las experiencias a través de los años, herramienta que no disponía en mi caso, se ve que había de esperar). Así, se hace de los acontecimientos desde la comodidad de la memoria y desde un sillón Voltaire los dos cuadernos, el rojo y el azul, el primero se refiere a La exagerada vida de Martin Romaña, el azul a El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz que formaran el díptico Cuadernos de navegación desde un sillón Voltaire.

Así, sólo desde esa distancia el autor logra burlar a la vida un poco, la duda queda asentada y la existencia es real o aveces es sólo válida. Siempre nos vamos a los límites y los sobrepasamos, la eterna lucha del anverso contra el reverso. Se ha acabado con eso de saber dónde empieza una y acaba otra, realidad y ficción. El lector está solo y nadie le indica las fronteras porque tanto el personaje como el narrador han quedado atrapados en la misteriosa telaraña del arte. La mentira generada por una memoria juguetona y aviesa devora la verdad. La incertidumbre así, tan de la época, se erige clara vencedora para el lector que sólo puede gozar de la alegría infinita de vivir la mentira generada por un autor omnipotente que alcanza a dar una riqueza artística que sólo la vida puede aspirar y, así, su lectura puede resultar agradable e infinitamente provechosa. 

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