Tóxica y vampírica, esa escoria urbana.



De la serie los malditos y sus mexicanas maldiciones

Ella suda copiosamente, la pierna de palo le tiembla, el hilo de voz garrula y masculina se entrecorta y, a penas, puede concebir que sus ojos desorbitados miran de una manera que deja ver toda la podredumbre que se le viene hacinando en lo más profundo de su ser y, por ende, maneras de ser. Maneras de ser orientadas hacia el tener, poseer. Ser o no ser, esa no es la cuestión.

Cucú.

Se sentía mal, estaba sola. Estaba flaca y triste y se enfrascaba en loops de lágrimas solitarias, ni siquiera sus lágrimas se acompasaban, hasta para llorar parecía deforme. La muy zorra estaba muy sola desde siempre, por eso antes de que ya se hubiera comprometido a 30 años de infelicidad felizmente programada, sabía que agarrarse a cualquier clavo ardiendo o tornillo frío.

Seguro que con la dentadura de él y la fisionomía de ella algún día cercano tendrían equinos parecidos a humanos, preciosos y egoístas caballos, que sufrirán el encadenamiento de personas que nunca pudieron decidir, no supieron mejor, no vieron nada más.

Su extremada delgadez la hacía penetrable para el sexo opuesto en un sentido mórbido, asqueroso. La búsqueda de la firmeza extrema, la deshumanización del cuerpo y el sexo, pero con un sex appeal existente, pero más bien tan tristón que no hacía ni falta reparar en el más que un par de segundos, reconocer, sutilmente, que todo en ella rayaba en lo patológico. Sus andares de pato, es lógico.

Quizás es por eso que sus pretendientes tendían a tener un pene pequeño o curiosamente alargado. Con uno de ellos, ella había elegido (y eso que nunca le habían enseñado a elegir) ser infeliz. Ojalá, al menos, que por treinta años, le dure su engaño. Que despierte de su flaqueza humana cuando la flacidez haya hecho mella. Cuando sea demasiado tarde, cuando la depresión ya sea imparable.

Al menos serían treinta años los que tardaría él de salir de su armario, su barrera con el mismo y con todo el mundo, quizás los mismos años tardamos nosotros de salir de este armario capitalista, este tristón equino de nepotístico hacer, será aquél que pueda darle a todos una mejor idea de por qué los humanos nos perdimos y nos dejamos manipular, este ratón metido en el armario es la figura que mejor nos acompañará cuando emprendamos el recuerdo de estos tiempos, de esta crisis puta. Al final, toda esa firmeza y delgadez de ella sí era cosa patológica, como la firmeza policial y la delgadez de nuestro sueldo son cosas patológicas de esta época. Y fue felizmente infeliz de su manera burda, soez, descolorida y programada.

Es triste, pero es...

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