Arnulfo y Amel, o las costras existenciales




Amel dudaba si debía sacar el champagne, ella le había dado a la botella con entusiasmo durante el día, pensaba que si bebía una más, sólo entonces, no iba poder ver la danza sexual que Salvador Norí le había prometido. La danza, como ella le gustaba denominarla, “kinky”, no le hacía mucha ilusión a Salvador Norí, que simepre había preferido improvisar en las cosas del humor, y nunca había hecho nada por petición expresa de ningún admirador de su particular y extremo sentido del humor performático.

Las danzas, imitaciones, cánticos y bromas eran una cosa que Salvador Norí hacía sólo las noches en las que había corrido el alcohol con denominación de origen (sea la que sea, aunque esta noche mejor que fuera francés).

Salvador Norí estaba caliente, pero caliente por haber bebido, pues siempre iba cachondo. Esta calentura le obligaba a seguir bebiendo, pues no olvidemos que el invierno era demasiado duro para alguien de cariz tan latino y tropical. Su novia era demasiado poco sueca para ser sueca o finlandesa o tunesina. Ella, una más de la perfecta especie de personas de las que Salvador Norí se podía sentir orgulloso. Esas personas que parecen que están todas destinadas a conocerse entre ellas. 

La noche fluyó como cualquier otra, no hubo danza, no hubo champagne. Ella sabía que sin su danza la relación no iba a ninguna parte, él no quería bailar para ella sin vino espumoso francés. La cuestión era una negociación en pareja, esas cosas tan anodinas de la vida en común.

Aunque, siendo el primer slevandig somdag (sic), Salvador Norí estaba seguro de que deberían al menos emborracharse al máximo y eso les permitría las fiestas que tenían los días de mañana. Pues, auque no estaban obligados, mañana era dìa de trabajo y, ambos, querían olvidar esto y entregarse a la botella, a sus palabras, a sus besos, a sus cuerpos y sus resacas.

Amel estaba tan borracha que no podía dejar de pensar en si debía o no sacar la botella reservada para una noche más especial. Aunque el día había sido especial, la noche, como tal, tampoco les había dejado un sabor de boca demasiado especial, como de costumbre cuando bebían más de dos y afloraba toda la estupidez que había en su pasado de estupidez emocional y, en el fondo, falta de madurez.

Arnulfo pensaba que cuando acaba el día, es sólo entonces cuando todo puede comenzar. Eso pensaba y creo que piensa, pues no creo que se cure nunca de lo suyo. Su degeneración congénita, el “síndrome del abuelo”. Y, una vez más, todo había comenzado, y la historia sólo empezaba en el momento que Notriega ponía este punto final.

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