Romaña, Echenique, el humor, la escritura, el plagio
Si el lector, como su servidor, se identifica en tantas cosas con el autor y con el personaje, insisto... Auch! Onomatopéyico y metaliterario e intertextualmente raro es esto de refugiarse o evadirse y entregarse con ojos ávidos de alimentos y atentos cual pájaro carroñero.
Conocer a Romaña ha sido un placer enorme para mí, Noriega. El personaje tiene muchas cosas que también forman parte de mí, obviamente no me siento especial por ello, simplemente afortunado. Sin más.
Claro que los años y tiempos que vivimos han cambiado mucho. Con la distancia del 68 al día de hoy, ha habido varios acontecimientos que han hecho que conocer a Martín Romaña haya sido una prueba de la posibilidad de que todo esté escrito: por más joven, marginal, hipersensible y aventurero que seas. Y a partir de aquí mejora, lean con atención:
Claro que los años y tiempos que vivimos han cambiado mucho. Con la distancia del 68 al día de hoy, ha habido varios acontecimientos que han hecho que conocer a Martín Romaña haya sido una prueba de la posibilidad de que todo esté escrito: por más joven, marginal, hipersensible y aventurero que seas. Y a partir de aquí mejora, lean con atención:
Trataré, metaficcionando un poco, de explicar esto. Coincidía que, justo cuando me vino el libro a las manos; yo, como después pasaría con el personaje, me sentiría algo enfermo y excentrado. En parte era atribuible a toda la presión y sinsabores que tenía o había construido a mí alrededor. Sobretodo la novedad que suponía tener que sentir una desazón raíz de un desengaño amoroso. El primero, que me llevaría a las mismas conclusiones que al personaje: “Alguien que no te ama en la enfermedad no merece estar a tu lado Martín” o algo así. Esa era la única conclusión que me servía, aunque estoy diciendo mentiras (puesto que no me interesa clarificar los detalles de mi ruptura amorosa, metaficciono).
«Creo que nunca comprenderás hasta qué punto me afectan tus extravagancias y tus excesos, por no llamarles locuras. Esto se debe, me imagino, a que tu compañía suele resultarle muy grata ala gente que sólo te frecuenta socialmente. Pero mi caso es distinto, pues yo tengo que vivir contigo, de tal manera que tus excesos y locuras se conviertan en mis condiciones de vida».
En mi caso primero vino el desengaño y después vino mi enfermedad. De cualquier forma, coincide el alejamiento durante la gestación de una enfermedad. Además, su Inés y mi Inés tenían el mismo amor idolátrico por parte del personaje en un principio y también compartiríamos el mismo desgaste de una persona que observa más a un niño que a un hombre. Como a Martín (y a la inmensa mayoría de los hombres, supongo) mi Inés también me bizqueaba, como bien empleaba él para definir esa especie de mirada ausente pero desaprobadora.
«Y fue también, en este departamento, donde “la bizquerita” de Inés –una manera de nombrar el desagrado–, junto a un cuello inquisidor que se añadió en los últimos cuentos, hizo que el espacio circunscrito de la casa compartida resultara insoportable».
El personaje tiene un mejor amigo que se llama Enrique Álvarez de Manzaneda, lo mejor del personaje es que su manera de ver la vida lo enfrenta al grupo y, lo que es más doloroso, a Inés. Martín tiene que elegir, por desgracia. Y su elección es, como no, Inés. Sin embargo, Enrique tiene unos bultos en el cuello. Bultos con los que Martín empatiza tanto que se los nota también. Cuando conoce a su verdadero amor, Octavia (que no saldrá con todo su esplendor hasta la segunda parte del díptico):
«Además Octavia, el primer día de conocer a Martín, y a una distancia considerable, había visto “los cinco bultitos” que el protagonista tenía en el cuello por empatía con Enrique (Que sólo tenía uno pero murió por él). Recordemos que Inés nunca creyó en los bultitos del protagonista que los creía fruto de su hipocondría (claro que Inés bizqueaba constantemente y no estaba para enfoques)».
Nunca se aclara que eran esos bultos o el jebecito estiradísimo. Sin embargo yo cuando leía el libro me recuperaba y recupero de perder al primer amor de mi vida y justo después se me diagnosticó un cáncer que había surgido impetuoso en mi cuello y del que me pude recuperar. Había salido justo en la zona donde Martín tenía unos bultitos. Yo compartía un solo bulto como el de Enrique. Igualmente, disfrute muchísimo de una lectura que ya suele estar premeditadamente configurada para despertar los sentimientos que en mi caso hicieron establecer una relación de índole muy personal con una obra de estas características.
Cabe decir que también me he identificado recientemente con Cortázar y su Horacio loco en París, su forma de sublimar la literatura y la búsqueda de su Maga y demás juegos literarios y musicales. También Agustí Calvet, Gaziel logró despertarme un poco de identificación. Rodrigo Fresán con su Velocidad de las cosas; Bolaño con sus Detectives salvajes, con todos tenía también razones muy fuertes para sentirme muy identificado. Creo que es una soledad intelectual que es fácil de convertir en una solitud llena de reflexión y literatura.
Y parece que sólo con haber salido joven en búsqueda de cumplir ciertas ambiciones literarias pasando por París, una busqueda destinada a truncarse por razones diversas y dando como respuesta chocante con la misma literatura como razón, cauce, vórtice, punto vélico y final de los pliegues que contaminan la existencia más pura vislumbrada con el acontecer vitalista de aquel joven ávido de conocimiento y de una verdad más real que las cosas mismas, tan imposible de conseguir.
Y parece que sólo con haber salido joven en búsqueda de cumplir ciertas ambiciones literarias pasando por París, una busqueda destinada a truncarse por razones diversas y dando como respuesta chocante con la misma literatura como razón, cauce, vórtice, punto vélico y final de los pliegues que contaminan la existencia más pura vislumbrada con el acontecer vitalista de aquel joven ávido de conocimiento y de una verdad más real que las cosas mismas, tan imposible de conseguir.
Y cuando Martín después del mayo aquél, el abandono de Inés, la muerte de su amigo Enrique, de sus depresiones, de su fracaso como escritor... No le queda más remedio que preguntarse cómo es que no ha podido cumplir sus metas, esta pregunta tiene un replanteamiento, ya que al enfocar un problema se da un paso en camino de su solución. Reflexión que hace muy poco me podía hacer yo mismo casi con las mismas palabras del personaje:
«... que por algún lado las cosas habían perdido su razón de ser, que estoy demasiado lejos de las razones e ilusiones que me trajeron a esta ciudad, que las he olvidado, que eso fue hace mil años, pero siento también, extrañamente, que no me voy a ir, que no puedo dar marcha atrás, que sería como una enorme molestia para mi familia verme regresar en ese estado, sin nada entre las manos y con el recuerdo de un departamento plagado de fracasos de los que ni siquiera sé si soy culpable.»
Martín me dejo mucho al ver en él que una cierta pasividad hacia emprender la acción literaria que necesitaba para sanarse. Algo no lo dejaba llegar a la literatura que el quería hacer. Cómo podía verlo en ese mundo lleno seres que no llegan a compararse en sensibilidad con él; a menos que se trate de personas a los que Martín considera hermanos. Ya vemos que tiene una idea elevadísima de la fraternidad que se llega con ciertas personas. En contraste con ese sentir Martín ve un mundo de necios que no son capaces de comprender nada de lo que Martín puede ver. La historia se desarrolla y el continua en su constante:
«no andar yéndose siempre, Martín Romaña, no andar uno melancolizándose todo el tiempo porque nuevamente se esta de regreso al tanto; no permanecer tampoco, Martin Romaña, sobre todo no permanecer sin escribir».
«no andar yéndose siempre, Martín Romaña, no andar uno melancolizándose todo el tiempo porque nuevamente se esta de regreso al tanto; no permanecer tampoco, Martin Romaña, sobre todo no permanecer sin escribir».
Y es que en el mundo de los intelectuales no suele haber mucho Martin Romaña. Al menos eso digo yo que pensé que al llegar a Europa llegarían los Romañas a la búsqueda de aventuras literarias para revivir un pacto entre culturas para así revivir todos juntos un boom literario, europeo y latinoamericano nuevo. El neoboom se llamaría reggeaton. Empero, donde quiero ir a parar es en reparar en lo que es ser un «escritor pensante», en constante intelectualización y aprehensión de la complejidad de la realidad mediante la ficcionalidad de la literatura y la literalización de la realidad. Sólo alguien así puede darse cuenta de la seriedad que tiene la utilización del humor como defensa contra la gravedad y desasosiego de la vida.
Decía Bryce: “Yo no soy un humorista, yo soy un escritor que tiene sentido del humor y que está presente en todo lo que escribo, en los textos más tristes, más dramáticos. El humor para mí es una forma de penetrar la realidad. Creo que el humor vela la realidad por un lado, pero la sugiere mejor por otro y crea una gran complicidad con el lector, porque el lector allí se entrega al texto tanto como el autor”.
El humor es una forma de agresividad sutil. Sin embargo Martín, cuando tiene la época de frenopático y locura, siente cierta que la carencia del sentido del humor se ha apoderado de él. Y es cuando hace un chiste que se sorprende y concluye: “Mientras haya vida hay esperanza”. El problema a resolver para Martín es una mayor dosis de agresividad frente a la vida.
Ver la verdadera importancia de las cosas permite reír mucho y alumbrar paradojas, vemos la otra realidad, la realidad latente a través de la transgresión humorística. Aunque lo trágico y lo duro existan, lo duro y lo trágico pueden ser conmovidos, desplazados, excentrados por el humor. Aunque también el personaje sufrirá los problemas que conlleva tener el sentido del humor como perspectiva; pero sólo en contraposición a personas que no han nacido con este don.
Martín Romaña pierde el humor y cae en depresión; también se ve que la depresión le impide usarlo. De cualquier manera el humor y la depresión operan como excluyentes para Martín, cosa que gracias a él no me pudo pasar a mí. Aunque:
Ver la verdadera importancia de las cosas permite reír mucho y alumbrar paradojas, vemos la otra realidad, la realidad latente a través de la transgresión humorística. Aunque lo trágico y lo duro existan, lo duro y lo trágico pueden ser conmovidos, desplazados, excentrados por el humor. Aunque también el personaje sufrirá los problemas que conlleva tener el sentido del humor como perspectiva; pero sólo en contraposición a personas que no han nacido con este don.
Martín Romaña pierde el humor y cae en depresión; también se ve que la depresión le impide usarlo. De cualquier manera el humor y la depresión operan como excluyentes para Martín, cosa que gracias a él no me pudo pasar a mí. Aunque:
«Vivía reducido a mi mínima edad y estatura».
«Algo que siempre detesté es que Inés empezara siempre por perdonarme, antes de que yo le pidiera perdón. Era su manera de destetarme».
«...nuestra relación estuvo siempre basada en los defectos míos que Inés corregía siempre, y en los defecto míos que Inés perdonaba, siempre que resultaban incorregibles».
Ay Martín Romaña, tú que dudabas de la fuerza de las ideologías, el marxismo, el movimiento estudiantil. Buscabas encontrar también por ese camino la realización de tu lucha personal. A pesar de eso, sabías que te debería de esperar un destino más grande. Un destino muy grande; sin embargo, pese a que te querían, vemos cómo tienes cierta desidia por experimentar la vida con todas sus consecuencias. Buscabas no incomodar a nadie, que nadie se saliera de sus papeles correspondientes. Es aquí donde me abres los ojos Martín Romaña. Los periodistas de los medios actuales con su marchito quehacer limitado al no molestar en lo más mínimo no remover demasiado los estamentos.
Como aparecía en el cuento ‘Del sentimiento de lo fantástico’ de Cortázar: “Repitiendo a Nàser-è-Khosrow, nacido en Persia en el siglo XI, sentía que “un libro «Aunque sólo tenga un lomo, posee cien rostros».Y, de alguna manera, era necesario extraer esos rostros de su arcón, meterlos en mi circunstancia personal, en la piecita del altillo, en los sueños temerosos, en los fantaseos en la copa de un árbol a la hora de la siesta”.
Pertenezco, pues, a aquellos que cuando la vida se vuelve melancólica confunden su vida con la de los grandes escritores. Por eso si algo me distancia de su amor es la falta de melancolía, siempre leo más cuando estoy triste. La distracción es lo que me aleja de la literatura, lo único, lo juro. Y ella, que en lo que atañía a literatura se distanciaba de él (pasa lo opuesto con el cuento de La furia y otros cuentos (1959) de Silvina Ocampo, donde es ella quien se siente alejada de él gracias a la literatura. Por cierto, este cuento también incide con mucha viveza en el relato de una decepción amorosa, de una crisis positiva de Ocampo:
«Tuve momentos de felicidad, de fidelidad; no sé si coincidieron con los tuyos. Pero la felicidad se volvió venenosa (...) Mi amor adquirió los síntomas de una locura. ¿Me afligí con razón porque realmente me engañaste? Esas cosas se saben cuando ya es demasiado tarde, cuando uno deja de ser uno mismo. (...) Te amaba como si me pertenecieras, sin recordar que nadie pertenece a nadie, que poseer algo, cualquier cosa, es un vano padecimiento. (...) Te aborrecí porque me amabas normalmente, naturalmente, sin inquietudes, porque te fijabas en otras personas (...). Tu inocencia se asemejaba un poco al sueño y mi acto al crimen».
Y que termina así:
«Eras todo, lo que más amé en el mundo, Úrsula, y no sé qué otras personas, qué otras cosas podré amar ahora que el mundo ha llegado a ser para mí lo que nunca fue ni pensé que sería: algo infinitamente precioso”. (...) A veces morir es simplemente irse de un lugar, abandonar a todas las personas y costumbres que uno quiere. Por ese motivo el exiliado que no desea morir sufre, pero el exiliado que busca la muerte, encuentra lo que antes no había conocido: la ausencia del dolor en un mundo ajeno. (...) Que tu no te llames Úrsula, que yo no me llame Leonardo Morán, aún hoy me parece increíble... Al abandonar mi relato, hace algunos meses, no volví al mundo que había dejado, sino a otro, que era la continuación de mi argumento (un argumento lleno de vacilaciones, que sigo corrigiendo dentro de mi vida). Si no he muerto, no me busques y si muero tampoco: nunca me gustó que miraras mi cara mientras dormía».
Entonces, he de decir que en mi caso, cualquier cosa que oliera a una crisis positiva como resultado de no poder digerir la explosión involutiva de esa cosa llamada primer-gran-amor. Y claro, para mí, pero quizás sólo a mi me lo parece, esa crisis es el tema central de esta novela.
Otro aspecto fundamental de superación en la novela es la relación de Martín Romaña con Madame Labru(ja), como la presenta. Anciana, carca y prototípica casera rancia de la baja burguesía parisina que logra amargarle la vida a las personas que tiene a su alrededor. Martin es su víctima propiciatoria preferida de la bruja de la historia.
Conclusión
En Echenique se observa como se supera el carácter autorreflexivo tradicional y se afirma paradójicamente mediante la negación «anti» la función de toda memoria: ofrecer un registro según la experiencia personal. Aquí con el escritor-personaje la identidad se determina por contraposición con las demás y a la superposición de perspectivas. La Antimemoria expresa la doble connotación de un texto: autobiografía no tradicional y a la vez antimemoria, interpretación del yo y revelación de sí en la relación interpersonal.
Otra cosa que me ha llamado la atención es como la pérdida de la amada y la imposibilidad de la pareja no disuelve el vínculo amoroso; lo hace más agudo, más gratuito. Un culto que se lleva hasta la exaltación, hasta la autodestrucción: «a la larga resulta mejor morirse rápido cuando se ama para siempre», diría Bryce que si no se muere rápido, la consecuencia inmediata es la búsqueda del ideal inalcanzable en otras mujeres, sin que el resultado sea mejor. «Nunca volví a quererte como te quise, en nadie». Por lo que se cae en la autodestrucción. Este refugio en otras personas es una constante de la obra de Echenique. Se puede pensar que las estirpes condenadas a imaginar amores ideales son las más desgraciadas de todas, no hay salida: trágico final autodestructivo o resignación nostálgica.
Justamente se hacen unas líneas de connotación metafórica donde se nos induce a pensar que los acontecimientos narrados tienen un sentido personal para el narrador-personaje-autor. Y este no tiene porque verse reflejado en las propias connotaciones que podemos hacer de los hechos que se narran en el libro. No deja ver como Echenique pretende trazar un mapa sensorial con la ayuda de la memoria y de la memoria de los sentidos. Esto se nos deja ver así gracias a la utilización de los adverbios de tiempo y de los deícticos que nos permiten ver como configura su historia a través de cierta estructura donde la redundancia y la profundización ayudan a guiarnos y a perspectivizar lo que quiere contar desde esa multiplicidad de niveles. Se podría hablar de un orden paratáctico con toda esa oralidad, pausas, interrupciones, correcciones.
Mencionar rápidamente que los personajes de Echenique, especialmente los amigos y los familiares del personaje, están en constante cambio. Su personalidad es compleja y comparten características que nos permiten ver cierta evolución dentro de la metaficción de la obra. La amistad, el amor y la literatura son el centro neurálgico del libro y son las cosas más importantes para Echenique (y para su servidor, aunque su servidor ha estado con un bloqueo literario muy autodestructivo también). Aquí Echenique usa la literatura de forma un tanto terapéutica para “corregir incomodidades de la realidad”.
La obra esta constituida por una variedad de hilos de connotación simbólica que se ve reflejada en la esencia de los títulos que definen lo que será una estructura verdaderamente poliédrica y dinámica. Sólo así se puede representar a la vida como el conjunto de aspiraciones, deseos, decepciones e inquietudes que reflejan no sólo lo que somos, sino también “lo que no somos o lo que no hemos podido llegar a ser”. Aquí está la clave del juego autobiográfico puesto que, lo primero, depende del recuerdo; lo segundo, sólo puede depender de la nostalgia. Con todo, falta el efecto de obra acabada, así todo se parece un poco más a la vida misma.
Otra cosa del personaje de Martin Romaña y de otros personajes del autor es su marginalidad autodestructiva y la búsqueda de un ideal imposible. Así Martín es un hombre que no puede pertenecer a una clase, a una familia, a un movimiento estudiantil, a un férreo compromiso social, es un «hombre sin horario» y lo más importante es que su marginación es el fruto de una búsqueda que empieza como viaje iniciático y que le devuelve a base de convulsas muestras de realidad ver las consecuencias que tiene para su persona ese fracaso existencial.
Si bien hace una apología de cierta ebriedad que Echenique quiere rescatar por no resultar tan destructiva, sino, al contrario, sublimadora de la realidad; tierna manifestación de más humanidad. En sus libros es en ese estado en el que pasan las historias más cómicas, tiernas y profundas. Además, me viene a la cabeza el reproche que hacia Martin a Inés de nunca emborracharse, Martin dice que empezó a beber “para no ver tanta realidad”. A esta evasión alcohólica se le da un tinte de apologético que es muy trasladable a como se empieza con un vicio para evadir la realidad, como fumar canabinoides, por ejemplo.
La teoría de la literatura que deja entrever Echenique es de una complejidad muy pensada. Así la obra contiene una poética entre la ficción y la realidad. Así puede jugar con el género autobiográfico en su doble connotación; es decir, por un lado, se da la jerarquización de identidad del autor, narrador y personaje; pero, por el otro lado, el texto está lleno de niveles, de ambigüedad que dificulta definir las barreras entre, como decíamos: realidad y ficción, literatura e historiografía. Así se cumple la premisa de Montaigne: “Todo hombre lleva en sí la entera forma de la humana condición”.
Esta forma de contar las cosas es doblemente inteligente. Consigue crear una contradicción que respeta las normas del género y a su vez las niega. Sitúa todo en varios niveles de la interpretación y de la realidad. Casi se puede hablar de la teoría de la antimemoria de Malraux: “por orden del azar y a mi manera”. (Como también se podría decir de la configuración de este ensayo).
También he encontrado muy fácil de extender una identificación por la similitud de su historia con esas paradojas en las que se encuentra uno en tierras ajenas pero hechas propias. Ejemplo de eso se ve en lo que tiene tener ese tipo de destino que conlleva ser un exiliado joven cultural venido a Europa y que no deja de ser un americano en Europa mientras en su país es un europeo. Después, para rematar, como con Martín, tampoco se acaba de ser un oligarca para los amigos más pobres o revolucionarios; sin dejar de ser por eso un agitador para la burguesía europea del momento.
Yo mismo he sido víctima de todos los cambios que sufría Martin Romaña mientras leía a Martin Romaña. Una condensación de hechos que hacían que este novela me ayudará a huir de ese subjetivismo marginador, esa sensibilidad hipertrofiada. Esa manera infantil de concebir el amor. Yo, como Martín, estaba “enamorado desde antes de conocerla”, y a la vez también como Martín para mí el ejercicio de la escritura tenía virtudes redentoras y trascendentales. Como conclusión, yo como Martín encontré desconsuelo y nostalgia, pero no destrucción. Cierta resignación y supervivencia nostálgica moldearan el resto de mis días y mi escritura nunca se hubiera modificado un poco si no hubiera sido testigo avieso de la tensión que hay entre la subjetividad exacerbada y la realidad de la novela autobiográfica. Que, al parecer, son los temas sobre los que gira como un calidoscopio este ensayo en ‘Tendencias de la Literatura de Latinoamérica’.
Sólo decir que si bien he hecho una exposición personal de los paralelismos que me han hecho sentir cómo esa obra se quemaba en mis manos. Sólo para dejar el tema un poco más claro, quiero mencionar que la suerte de Martín yo la he encontrado, después. Puedo, como él, decir que «no hubo nadie más diferente a Inés que Octavia; la alegría frente a la seriedad de Inés; la captación de cualquier detalle, por mínimo que fuera, no importa que esté entre líneas o en diferente registro, porque también lo captaba (no sólo “los bultitos”, también el porqué de la partida de Inés, o los versos de Sor Juana Inés de la Cruz , tan herméticos y en un idioma que no era el propio. Esa ternura que Octavia derramó a borbotones y que Inés racionaba con el afán del que tiene poco». Busco, como un personaje una relación marcada por los deseos de vivir y por la literatura, espero que este trabajo sirva como precedente de esta nueva etapa.
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