Soy catalán (y mexicano y español y sueco y manipulado por la cultura gringa y los hipsters y los culturetas y los premios Nobel)






España y México son países que tienen a los ciudadanos más indignados del mundo hoy. Las ganas de tomar las calles y pedir que se acaben los despropósitos y solo escuchen y gestionen con responsabilidad y transparencia, tendríamos que sentarnos años para hablar de todo lo que ha pasado y sigue pasando en estos países. Nuestra rabia y ganas de cambiar las cosas no son todavía fuerza de cambio, pero ya sabemos que juntos somos mejores que dirigidos por unos pocos ricos juntos. Sí tenemos alternativas, sí tenemos ideas y reivindicaciones y cada vez más la cultura tiene que ponerse del lado de la mayoría silenciosa de esa que hablan los políticos. También estamos hartos de la distancia y la hipocresía de las clases dirigentes y sus medios de comunicación con nosotros.

Soy más mexicano que nada, pues ahí tengo a mi infancia, familia y amigos de esos que una vez adulto se cuentan con los dedos de una mano. He aprovechado el tiempo para desgranar los conflictos que existen donde vivo y mi identidad se ha desgranado en identificaciones. Llevo diez años en Catalunya, tengo sangre asturiana, tengo apellidos españoles y tengo los horizontes en la selva baja perenne de Yucatán, y todo lo que se pueda alcanzar con un pasaporte y un medio de comunicación. Mi novia es sueca y su padre tunecino. Pero mi cosmopolitismo, entendido como una sola bandera para la humanidad, no impide que el clamor de un pueblo sea escuchado para redefinirse y acabar con lo que hay, dogmas y tópicos y leyes viejas, por eso hay que desobedecer y resistir hasta al final con el objetivo de que la resistencia sea un ejemplo y fuente de sentido a la vida.

No queremos más sangre del pueblo para cambiar cosas que los que ocupan el poder deben cambiar por ética y la responsabilidad de su cargo público. Queremos que estén a la altura, no que sigan opinando y limitando la realidad con su falta de presencia y profesionalidad política. Los políticos, sus periodistas y sus sindicalistas se están quedando atrás y una masa los detesta y les niega la representación, su único objetivo de ser y estar.

Entonces, una vez que hemos constatado que los políticos no nos representan, veamos, aquí, en Catalunya, ahora se trata de eso, de volver a representar al ciudadano, de volver a construir las estructuras de un estado de bienestar viable y dimitir si se fracasa, nada de incumplir los programas electorales, lo que debería ser la primera norma para una vida política decente y coherente.

Es hora de arriesgar, quizás nos equivocamos, quizás no conocemos bien el territorio que pisamos, quizás no somos conscientes de todas las sensibilidades y lo lejos y marginal que queda la ideología política a la hora de darle un poco de sentido común a lo que está pasando en todas las casas de México y España. Millones de personas con voz y voto están hasta la madre, coronilla, hasta arriba, hasta los huevos, etc. Hay muchas cosas que criticar y las preguntas se generan de manera exponencial al ritmo de una inmediatez informativa inusitada e injusta con el debate tranquilo necesario para los cambios más básico de raíz. 

La mirada vuelve a España y, una vez más, la sensación de ser la cocina del futuro de la historia se cierne sobre sus ciudadanos y la clase política. Sinceramente, deseo que todos estén a la altura, pero, mucho me temo, solo darán pie a ciudadanos que necesitan un periodismo más profundo e imparcial, el más necesario y justo para los tiempos que vamos a vivir.

Ignoremos pues a los que se declaran abiertamente tal, a los militares que se quedaron con Tejero, con los que hablan sin parar sin haber pisado nunca el terreno, los aposentados en dogmas, los implicados en tramas corruptas y zancadillas y codazos y.... Fuera los que alimentan el odio y la incultura, incapaces de dar un paso democrático o positivo para redefinir lo que pasa, todos vienen con ganas de presentar batalla y demostrar por qué España estaría mejor así o asá, mientas España va más mal que peor. Desde que empecé a leer y escribir sobre la historia de este país, me queda claro que los catalanes y vascos siempre han sido el objetivo de la demagogia y del rechazo político frontal de un grupúsculo de exaltados, que les niegan llevar las riendas de su cultura, economía y política. Sus ideas huelen a encerrado, a naftalina y mierda.

Soy mexicano y pronto, quizás, además de español, seré catalán y sueco por mi relación con mi amada. Y sí, intentaré hablar sueco; y sí, intentaré aportar un poco de lo que sé hacer sin pensar que lastimo a México, España, Cataluña o a todos esos energúmenos monolingües que repiten como loros frases dignas de los bares donde los carajillos no cesan de consumirse al ritmo de copla. En Suecia hace falta, por ejemplo, dignificar el cabello negro, reivindicar la necesidad y la suerte que es tener una tasa elevada de inmigración. 

En cuanto a México, sí, es republicano, federal y libre de España desde 1810, pero es un país hecho añicos y vilipendiado cual negocio sucio, manipulado por personajes que carecen de altura moral, un país en manos de militares, narcos, policías y fascinerosos varios que niegan la belleza y la cultura de nuestra diversidad; en cambio, lo que cada día nosa ofrece son muertos terriblemente mutilados como prueba del fracaso de un sistema que nunca funcionó ni lo hará si seguimos a estos gobernantes empecinados en obedecer a otros más ricos y más poderosos que ellos.

Rajoy, Peña Nieto o Mas. Yo quiero más, por eso agradezo hoy vivir en Cataluña y desde aquí denunciar el pensamiento troglodita y la falto de preparación de unos dirigentes que nunca estarán a la altura de sus ciudadanos, pues su intención es que los ciudadanos no estén a la altura de la política real.

Tengo muchas reservas, muchas preguntas, mucho cuidado al decantarme políticamente, pues pienso vivir estos años que vienen como lo que siempre he sido, una voz independiente y que cada día sabe mejor lo que quiere para los territorios que han conformado identificaciones que permiten cada día pensar que hay que describir aquello que no se puede cambiar e incluso la propia falta de voz puede ser oída como un estridente grito solitario y por eso siempre prongo tres puntos...   






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