Pinche Mex ™ y una Crónica Gonzo (periodismo de desmadre) del Sónar (2013) con Advanced Music





Aunque no quiero utilizar la nostalgia del año pasado, este es un festival donde la realidad siempre supera a la nostalgia. Tanto con las legendarias actuaciones, como con cambios que se traducen en mejor acústica y mejor circulación. Otro año, otro record de público y, sin embargo, se ganó un montón de espacio para los escenarios del Sónar de día. Aunque se ha renunciado a un lugar céntrico y especial como el recinto del MACBA, en pleno centro de Barcelona. El Sónar sigue dejando notícias. Hoy, después de un par de meses de su vigésimo aniversario, sigue en la ciudad en forma de brote de Sarampión, una anécdota más.
  
Es verdad que este año uno podía moverse mejor, a base de patear vasos y esquivar gente enervada y efusiva, pues uno siempre es objeto de los cambios radicales de orientación de personas con mandíbulas desencajadas y que bailarían absolutamente cualquier cosa con fervor dogmático. Al ritmo de sus sinapsis neuronales; pero, a pesar de las drogas y sus usuarios, el festival se debe degustar con cierto afán gourmet, pues no sólo es MDMA y EDM (Electronic Dance Music). Es uno de los mejores festivales mundiales de música electrónica y new media art. Busca escapar de las etiquetas y transgredir, meterse de lleno en el terreno de la experimentación y las nuevas tecnologías de producción musical. Así, uno sí puede drogarse con garantías de ver lo mejor.

Mi trabajo era escuchar todo lo que el Sónar ofrecía para su esperado vigésimo aniversario. Básicamente: bailar, caminar, escribir. Sin compañía o camarógrafo o Twitter esta vez. Libre y capaz de escapar de diálogos completamente surrealistas con personas que sólo tenían el cerebro ese día para la música electrónica para masas, solo entre montones de harlemshakers, twearkeadoras, express-your-selfers y demás modas que pasan ahora. Así, tomaba notas mentales y las sustancias propias de un trabajo Gonzo y periodístico de calidad.

Comenzaba el tránsito y trajín de un concierto a otro; de ahí a la sala de prensa, a la barra, al baño, a fumar, a descansar las piernas fumando más; y, luego, al VIP para comprar suplementos energéticos un poco más baratos. Descansar más las piernas del duro día en esa área que sí está hecha para el relax total. Un festival no es el mismo para un periodista musical sin la sala de prensa. Ahí, entre sospechosos privilegiados con la pulserita dorada y el carnet colgado al cuello. Feliz y cansado de noche, después del largo día electrónico, ¡Oh! Cuánto más bonito es el día cuando se es más viejo. Ya más tarde, de noche, estaría entre vómitos e intoxicados varios para la ocasión. Todo normal, justo como lo había dejado el año pasado. Este año, también, un gran porcentaje de las drogas están adulteradas. Pero ahí están los de Energy Control para reducir los riesgos posibles al consumo de drogas en estas citas.
                                                                                                                                                            
Si fuera una crónica gonzo de las buenas, trataría de escribir sobre beats, crunches, drops, snares; esos sonidos como de serruchos del dubstep. Mientras meto la mano al bolsillo y lengüeteo un dedo impregnado de un polvo cristalino que me lanzaría más hacía el roce corpóreo que a aguzar el oído. Y no pararía de hacer esto ya: bolsita con MDMA, dedo, lengua, agua, libreta, cámara. Luego, más notas… Pero el artículo sería idiota, como baile de borracho, se nublaría el juicio, olvidaría mi condición de hombre, y me pondría a alabar con sendas palabras las virtudas de la música y la necesidad de más conexión humana. Exaltaría esos sentimientos que son los que enganchan a los asiduos de las experiencias de tres días de música electrónica y experimentos varios.

Para un buen periodismo musical se necesitan sentimientos reales y, sí, a veces vienen de lugares artificiales. La experimentación y la música, eso es gonzo, esto es Sónar. La nueva música electrónica y los efectos de las drogas se abrazan, no nos vamos a engañar. Si no, ¿por qué sendos crescendos hiper digitalizados y todo ese despliegue de luces de colores intensos? Pero no, yo ya estoy un poco en las nubes, y todo lo que salga de estas crónicas será un poco Gonzo, es de noche y estoy rodeado de música y belleza, armonía y carne, baile y sonrisas. Pero he venido por la música, para la Mosca, para que estrene a su corresponsal europeo, como prueba de la necesidad de su relanzamiento, como reto para su servidor, y encantado de la vida.

La música electrónica recobra fuerza y adeptos, afloran especialistas que hacen a los pies bailar de manera inconsciente; después de unas horas ya no necesitan del pensamiento para reaccionar a los gruesos drops y beats propios de la música electrónica de baile (EDM). Los ojos sí se mueven a la velocidad del pensamiento, en su paseo constante desde el escenario a los outfits escasos de tela y denim que tienen las miles de mujeres que también miran al escenario, las pantallas, los leds, y a estos miles de personas que han venido a una de las fiestas más grandes de música electrónica de todo el planeta.  

Es increíble el nivel de exhibición de las mujeres y esa frustración a nivel erótico-festivo de los varones. Sí, las personas se desinhiben, sí, bailan de formas sensuales, sí, hay muchos grupos de mujeres y hombres buscando diversión; sí, están de moda esos shorts que dejan tan poco a la imaginación y dejan culos al descubierto; pero siempre son breves encuentros que acaban en promesas que se perderán para siempre entre miles de personas, y cientos de conciertos en el transcurso de tres días. Sónar no es un buen lugar para ligar. Estamos en Europa, no en Cancún de spring break, aunque con Baauer me sentí ahí. El ambiente es más cachondo de día, este año los decibeles eran mejores de día, comparados con el recinto del MACBA de otros años. Lo mejor: el sol se presentaba e iluminaba cuerpos que, como los árboles al viento, poco podían hacer contra una ráfaga fuerte de beats que venían de todas partes.

La cerveza, el Red Bull, la marihuana y el MDMA son algo así como el cócktel básico del buen festivalero electrónico (no de un periodista musical). A partir de aquí, todo lo que se añada, dará un toque especial; pero, cuidado. Lo básico es encontrar el equilibrio con estas cuatro cosas para entender, quizás, esas frecuencias a las que se llega hoy de manera digital. El secreto, quizás, es vivir todo exceso con moderación, es decir, moderación en exceso. Para esto, me acerco a la caseta de Energy Control, profesionales que revisan las drogas y les hago un par de preguntas sobre la noche. Es un lugar donde no existe esta hipocresía: pues cogen tus drogas, les aplican químicos y te explican la calidad y los peligros que conlleva eso que acabas de comprar o que has escabullido en tu ropa interior y huele a ingle. Héroes.

Hipócritas fuera, pues el mundo de las drogas ya tiene muchos peligros como para seguir escondiéndolas. Son personas que han salvado a gente; a pesar de retener las muestras que son un peligro para el consumidor. Son una especie de servicio utòpico en un mundo nocturno despenalizado y científicamente seguro para los usuarios, si lo piensas un poco… Deberían estar en todas partes de noche. Las drogas de diseño son el peligro más real hoy para los jóvenes, con sus nombres de anime y peluches; drogas que ya superan hoy a los problemas que trajeron la cocaína y la heroína. Si bien la marihuana y sus derivados siempre han estado presentes, son estas drogas con nombres naive las que más nos preocupan hoy.

Ir solo a un festival y con poca plata es estar solo de verdad y asumir la responabiliad de asistir a aquellos conciertos con algo que dar después a un hipotético lector. Nadie viene aquí para socializar o para que le inviten unos tragos. El problema de mi sobriedad en estado alcohólico o mi aparente drogadicción cuando sobrio y de buen humor es que la moderación es algo que cuido con exceso, como les decía antes. Me excedo tanto que no puedo hacer locuras, dejarme llevar por impulsos deshinibidos, ¡para qué conversar más de un minuto con personas que están más por el baile y los gruesos beats que por las palabras?; personas cuyo cerebro tiene la química para bailar sin parar. Así, sabía que mientras más me acercara a la música, y más notas (en ambos sentidos) tomara, mejor saldría esta especie de crónica Gonzo-electrónica para la Mosca.

De vuelta al sitio donde estamos los de los medios, artistas y organizadores. Lugar donde la comodidad existe en forma de puff y uno tiene la sensación de estar del lado de los dueños del mundo festivalero electrónico de altos vuelos. Aquí también hay drogas, alcohol más barato y personas que disfrutan de tener un lugar especial para ir a descansar las piernas y echarse el “taco de ojo” de prettypeople. Es un lugar donde puedes hacer un poco más de vida social y profesional; pues habrá alguna razón en común que nos ha llevado a todos hasta aquí. El mundo del mamoneo del VIP no es tal, esconde a innumerables joyas. No es un lugar para gente importante, es un lugar para los que saben vivir un festival. Echo de menos un trabajo calculado y estudiado; pero he venido a escribir a lo gonzo, no a relacionarme y acabarme de ganar a la organización del Sónar. Así que es preferible el sudor, los callos y la trinchera a esa distancia cómoda y el discutible glamour del VIP.

Yo quiero escribir que he tomado MDMA para esta crónica musical. Pero no es verdad. Siempre me parecieron algo hipócrita… Aunque, ahora, este nuevo MDMA de laboratorio, digno del profesor de química Walter White de Breaking Bad (que hace metanfetamina), es una manera más de disfrutar estos días. No conlleva tanto riesgos, como esas nuevas drogas de diseño con nombres infantiles y colores llamativos; y es siempre certera en cuanto a noche, diversión, amigos, música y sentimientos se refiere. A pesar de que la hipocresía no es tal, sino es solo química cerebral alebrestada; de cualquier manera, como dije, no consumo drogas químicas. Aunque mentiría para esta crónica y diría que una hipotética acompañante hizo la propuesta justa, en el concierto idóneo… Fantasías… Uno tiene que vivir un festival a su manera, yo solo quiero dejar constancia de esa cantidad enorme de miradas sugerentes y aviesas, sonrisas pícaras y encuentros danzarines breves, y lindos, como cambiar tres frases cordiales. Un macho más que añora por dentro una experiencia musical abyecta.

El suelo está plagado de vasos con la insignia de la estrella del festival, Estrella Damm, cerveza por todos lados. Parece que la alfombra de los conciertos son miles y miles de vasos que uno pisará durante toda la noche. A veces son botellas destapadas. Piensan que pueden utilizarlas para otros fines más ilícitos, para mezclar sustancias, hacer de “cantimplora” o para lanzarla como proyectil. Medida idiota esta la de quitar el tapón de la botella. Además, hay otros festivales que se organizan en lugares al aire libre, donde hay abundante grava y piedras. O quitán el tapón a los que están en la cola para entrar al recinto, sin inmutarse de que son menores de edad cargados de pastillas que emulan a Pikachu.

La parte de los carros chocones es lo mejor. En medio de un festival conducir completamente high and drunk, y todo por un módico precio. Por si fuera poco, en la mesa para los artistas del SónarCar a menudo aparecen reputadísimas y localísimas joyas en esto de la música electrónica. Es una idea que perdura, porque conducir en estas condiciones, tratar de dislocar vértebras a desconocidos con ropa ajustada produce una especie de sobredosis de dopamina difícil de explicar. Dicen: “Why drink and drive when you can smoke and fly?”, pero aquí es el único lugar donde puedes: “drink and drive, smoke and fly”.

El tono del twearking y cierto exhibicionismo fashion están claros como parte de la modernez. Lo raro es que el roce no se da casi y, claro, si se busca, todo se puede conseguir; pero, como en cualquier festival europeo, el abordaje no es parte del espíritu. Me pasó que más de una mujer intentó preguntar el porqué de mi soledad y del gaffette de prensa. Pero, un grupo de amigos machos miraban preocupados (las amigas de manera cómplice) que un borreguito se les descarriase, y así desapareció, jalada de un brazo por un moreno que le reprendía secamente en sueco. Yo, con la sensación de no haber hecho nada. Repito, no se va a estos eventos para intentar beneficiarse de una de esas mujeres que caminan cual cervatillos perdidos y hambrientos dispuestos a desfallecer en cualquier cosa que les preste atención y resguardo.

A pesar de tener encuentros cercanos de este tercer tipo con la belleza más variada y los conciertos más buscados; la verdad, para ser una crónica Gonzo, decepciona que no haya usado drugas químicas, y que tampoco haya cedido a pasiones, cumplo promesas personales y profesionales hechas con esa convicción de mi sobriedad incoherente de la que les hablé antes. De cualquier forma, “se trata de la música, estúpido”, me digo como consigna. Pero los ojos disfrutan de ese fluir constante de cuerpos bailarines entregados a sus ritos para celebrar un festival del que uno se acuerda siempre, uno para todos los gustos. Amplias son las posibilidades, y más amplia la horquilla este año en un lugar donde se abrazan los fans de Kraftwerk con los de Skrillex.

Otro año más con la sensación de que no entendí nada, de que no conocí a muchos artistas, con esa frustración escrotal. Mi perdición: el afán de ir de escenario en escenario, ese tiempo contemplando gonzo y sociológicamente a una juventud desbocada e hiper erotizada (ojo, solo en apariencia, pues la gran mayoría es público europeo, y un tanto frío). Aquí se llena de electrónica la imaginación, uno se vuelve casi binario. Mandíbulas en corto circuito, pupilas dilatadas que se regocijan con la contemplación de apolíneos cuerpos que despiden más calor y cuyo olor se mezcla con el de la cerveza y hace que los receptores de feromonas no dejen de sintetizar y, así, la noche es cuestión de pura y dura química y sintetizadores; colores intensos y leds, frecuencias digitales irresistibles, momento de clímax y más luces y proyecciones.

Para concluir, decir toda la verdad, no pasó nada malo reseñable, ni vi a nadie con algún problema grave o sobredosis, ni personas solas sin saber qué hacer; no vi emergencias médicas o problemas de logística graves. La organización se podría desbordar delante de alguna incidencia. Pero, una vez más, se ha dado un ejemplo desde Cataluña de lo que supone organizar un macro festival de los buenos. Después de vivir insomne tres días, con los ojos inyectados en sangre y la mirada absorta buscando consuelo en mis notas. Solo uno más entre miles y miles tocados por los beats más selectos y buscados de todos los festivales de música electrónica del mundo, la Mosca, en 2013, no sería excepción. Les dejo con mis notas.


Pinche Mex ™ y su Crónica Gonzo (periodismo de desmadre) del Festival Sónar de Advanced Music and New Media Art, 2013 

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