Na na na na na NA NA NA
Mi Navidad eran horas de cocina, botellas de alcohol caro compradas en Belice. Árbol majestuoso que nunca decoré, velas, villancincos, peregrinos que pedían posada y tías devotas que arrullaban a ese siempre denostado niño Jesús (recuerden la ley de Herodes). Yo me reía a escondidas de la devoción y los ritos de los adultos, que no hacían más que beber, bailar, cantar. Y organizar juegos que perpetuaban eso: beber, cantar, bailar. Las voces de esos chamacos que cantan villancicos siempre me pareció estridente, un día llegaron unos villacincos por bulerías de niños agitanados que no me transmitían esa tristeza que hoy tienen las fiestas. Como siempre Blue Christmas de Elvis y a ver si estoy blue (aunque el control de mi dispensación de indiferencia me sorprende siempre). Por eso mejor sonreír pensando en ese bacalao con sus guindillas amarillas, jitomate, papa y aceitunas. Los millones de dulces y dulces abrazos. La Navidad que en el pie del árbol estaban todos los regalos que un niño caprichoso podría haber soñado, el amor a los padres y a "Santa" (además de la Nintendo, los juegos, los cromos de la NFL, el juego para compartir con las hermanas). Todo esto sigue en mi vida hoy. De repente una chimenea en Celaya, de repente cristales nevados en Texas con el abuelo. Hay tradiciones que no convendría perder nunca, la Navidad con mi familia debería ser una de ellas.