Padre Claus y San José en búsqueda de la inocencia perdida
"Oh señor del amor, del saber, de las dominaciones"
Dedicar la primera hoja en blanco del año a una historia de los años de catequismo, por estas fechas, el año de preparación para la primera comunión (desconozco si se debe escribir en minúsculas y me da igual). Ya tenía uso de razón y cierta autonomía, por esto recuerdo la desgana (hueva) del obligado trance de las clases preparativas para aceptar ser un soldado de Cristo, o cualquier cosa peor… No fui capaz de memorizar las oraciones, ni de hacer la tarea. No recuerdo música, juego, lógica… La sinrazón de los dogmas.
Creo que la que impartía las clases era la madre de un amigo, espero no se sienta ofendida si no la recuerdo ni cito. El caso es que sí recuerdo que el colegio estaba más allá de la López Portillo, una clara barrera que separaba el centro de Cancún con zonas más homogéneas y deprimidas. La mejor segunda cosa que recuerdo (luego contaré la primera) era el día de puertas abiertas con los padres para presentar la pastorela, nuestra visión de la Anunciación y los sabios de oriente. Por cosas de nuestra confusión idiosincrática a mi progenitor, Alfonso, le tocó ser Santa Claus. A mí San José (mi único rol protagónico) y como virgen María, una niña que es la mejor recuerdo que tengo y el único acierto que recuerdo de la maestra.
Esta niña era lo único que tenía presente a la hora de efectuar esta actividad extracurricular, en horas y días intempestivos. Un niño más huyendo de las garras de la religión (luego tocaría del servicio militar), un niño grande, seguro, pues la experimentación de descubrir en mi virginal joven actriz un mundo nuevo, enorme y terriblemente dulce, un mundo que luego volvería muy pocas veces… ¡Gracias al cielo que volvería! (palabra de ateo). Una niña fue mi motivo, todo el tiempo, para seguir, unos días más, con la religión.
Tez blanquísima en un trópico que no perdonaba a nadie, una figura espigada que adivinaba una mujer altísima, que aqué entonces no tenía un cuerpo acorde para sujetar una cabeza con unos ojos pesadísimos, verdes (o azules o grises), enormes. Luego no le quedaría duda a nadie que esta primera intuición de sexualidad de un niño grande estaría (y está, me imagino) justificada después cuando los niños se llenaran de pelos y amigos.
Claro que hay nombres, fotos, Supermanzanas (así se llama a los bloques de calles en Cancún) y una colisión hermosa, pero eso requiere una elipsis que no hará la narración, pues también hubieron desencuentros con la virgen María de mi historia. La seguí cariñosamente desde una distancia prudencial; además, como era lista y con vena de artista y amiga de sus amigos, que algunos eran los míos; nunca tuve tiempo para confesarle todo el mundo que me descubrió. Seguro que intuía algo, desde esa primera vez y última vez como los padres de nuestro Jesús, ataviados de ridículos disfraces maquilados con material barato de un mayorista de nombre, y qué mejor para esta historia, San Franciso de Asís.
Es curioso como los niños son incapaces de reconocer a sus padres disfrazados de Santa Claus, cosas de la ilusión, supongo… Así, con una parte de mi inocencia por abandonar, veía perfectamente a Alfonso caracterizado de Santa Claus, irreconocible. Pero yo lo veía a él, aceptaba lo mucho que me había enseñado a sonreír, a sacar el humor, el regalo impredecible lleno de bondad y humildad que no tiene ese opulento panzón. Yo más que la primera comunión quería darle un beso a la virgen María. Y mi padre, vestido de Santa Claus, lo entendía todo y sonreía con esas mejillas que se le ponen cuando el ron le ha sacado lo mejor de su voz y la guitarra. Ese beso, ese deseo, esta historia, se corta con un clavo oxidado y una herida en el pie (San José iba descalzo y jugar con Santa Claus en un pesebre es peligroso) y una inyección en el hospital.
Lo único que digo es que todo el tiempo nos advirtieron que el tiempo volaría, se escaparía, el amor se distanciaría, se aletargaría, no tenemos excusa; algunos tenemos historias, memorias, palabros, pero no pongamos excusas. Historias e histeria común, crecer juntos, crecer separados; aprender, desaprender. Uno se pasa veinte años haciendo amigos como idiota, para luego perder a la mayoría los siguientes veinte… Hace mucha falta que nos volvamos a ver.