Se había muerto otro escritor

Despertó, hizo el amor y preparó el té a su chica, presto sacó a su perro nadador. Esta vez decidió subir al Jeep para ir a la playa. Se aseguró de llevar a Joyce, pues estaba a diez hojas de acabar su 'Ulises'. Puso la canción de 'La Plage' de Crystal Fighters y tuvo uno de esos momentos femeninos mientras dedicaba la letra a su perra. En la playa se acercaron mujeres a acariciar a la perrita, una de ellas se le insinuó. Él le dijo que hoy no podía, pero mañana era buen día para pasar por casa, había ese día una sesión de "tuppersex" que organizaba una buena amiga escandinava y su novia estaría encantado con ella por casa. Le alcancé mi tarjeta de dejota internacional, como hago con todas, y la despedí con una nalgada y un mordisco en el cuello. Al morder su suave piel, me di cuenta que mordía la almohada babeada, y desprendía ese olor a oquedad bucal desaliñada, sobra decir que no había ningún perro o chica; sin embargo, sí estaba el olor de un perro mojado (Alejandro Jodorowsky estaría encantado con esta obra psicomágica)... Se volvió a dormir, rápido, para ver si podía conectar aún con el sueño anterior; empero, acabó en una sala llena de estudiantes desnudos, que le ponían nervioso. Empezó una ponencia con el título "Sin trabajo, sin novia, sin dinero: sin problemas". No fue tan placentero ni ustópico (cuando lo utópico y lo distópico discurren inseparables), pero, al menos, enseñó a unos pocos como menos es más. Eso sí, nunca despertó, pues se había quitado la vida con una sobredosis de Advil PM y los sueños se le fueron encadenando hasta llegar a un lugar donde no había tiempo, solo un desdoblamiento total en un lugar claustrofóbico, allí solo cabía la ansiedad, eso sí, para toda la eternidad. Se había muerto otro escritor.

Mis novias ustópicas en Sónar (fotos de ambiente de alto valor artístico, no confundir con burdo voyeurismo):