Buscando al Pablo Iglesias mexicano (antes de La Marcha 1/12/14) - El Hombre Más Pinche Del Mundo
Desde España y como periodista tengo alguna experiencia en marchar y en ser reprimido por toda la fuerza (y corpulencia del estado), cargas salvajes, de la policía. En España, las perreras, lecheras o camionetas con policías, esconden energúmenos (antidisturbios, un despropósito su nombre; al menos aquí se llaman granaderos, pequeñitos y explosivos) que utilizan sustancias prohibidas (coca, anfetas) para salir a romper madres y quebrantar conciencias, no nos podemos permitir gente gritando consignas coherentes en las calles, ante las cámaras y todo el mundo.
No es raro que vayan vestidos de paisano, no es raro que vayan encapuchados, no es raro que le griten al policía "yo soy de los vuestros, yo soy de los vuestros, no me peguen"; no es raro que te acusen de tirar piedras, vandalismo, romper escaparates o agredir en la rodilla a un oficial del orden; sin haber hecho nada, claro... No es raro que las personas pierdan ojos y hasta la vida por una bola de goma. No es raro ver sangre en la calle, no es raro ver a las autoridades reducir la cifra de participantes en un 95%; no es raro tener que ir a la cárcel a pedir la liberación de nuestros compañeros periodistas. Nada de esto es raro.
Y ningún país que necesite la fuerza legítima, más que la legitimidad de su fuerza, pues la fuerza del político reside en sus votantes, no en la cantidad de miedo que infunde en los mismos. Aunque parezca inverosímil, si usted confía en su policía y demás autoridades que administrarán violencia sobre usted, recuerde que ellos están entrenados para no confiar jamás en ustedes. Para declarar en su contra, para pertrecharse en su presunción de veracidad contra su palabra, y salir impunes después de que el jefe de la jauría haya decidido que la sociedad civil tiene una memoria a corto plazo, así, llegada la hora, corramos un tupido velo, cambiemos la agenda de los medios, y salgamos a la calle, sabiendo que no encontraremos más la unión que nos sacó a corear al unísono: "chingue su madre la injusticia, en general".