Aún te espero y como desespero ya no te quiero

Aún te espero y como desespero ya no te quiero
Solo un cuento tragi-cómico


La tarde daba a las personas esas horas de escape antes de llegar a la otra rutina. La hora feliz de los de los turnos de nueve a cinco, que de seis a doce de la noche son esclavos de otras cosas. Oficinistas que quieren olvidar su día, su vida, mañana… Este cuento no trata de uno de ellos. Habla de alguien que duerme a esas horas, trabaja cuando ellos duermen y, aún así, se encuentran en los bares y charlan estas dos especies, pues al fin y al cabo los une una cosa: el alcohol, las mujeres y olvidarse de uno y todo.

Le acariciaba la pierna compulsivamente, eso ya era suficiente. Había estando bailando salsa de manera errática, europea... Le iban a estallar las pelotas, era hermosa, era mi amiga y me trataba como si yo también fuera su mejor amiga. Era raro evacuar una manifestación tan copiosa y blanquecina; pero ella era castrantemente seductora, cercana y cariñosa. Esa noche la llevó a su cuarto, abrió la mesilla de noche para sacar los condones y su pistola, estaba dispuesto a obligarla a amarlo carnalmente; pero nunca había tenido pistola ni condones consigo, jamás. No sabía utilizarlos. Solo su arma.   

La otra seguía en sus ensoñaciones negativas. Ataviada de preocupaciones y posibles nubes negras. Quería hacer el amor y era raro encontrar un alma gemela en esa ciudad tan absorbente, latina y loca. Ya sabía muchas cosas de cómo iban estas cosas, aún así, había optado por asirse a algunos tópicos e inaceptar lo aceptable, sí, parece que esté mal escrito. Pero, no, piénselo bien…  

Él hablaba de estas cosas del querer con la mujer más hermosa de este cuento. Por desgracia, carente de valor, arrojo, deseo. Demasiado isleña y con tendencia a hacerse la sueca. Aunque fuera solo una noche, esa noche tenía más valor que los dos años que le siguieron a esta amistad que ni siquiera parecía una amistad normal. Era la primera relación inclasificable que tenía con una mujer de belleza también inclasificable.

Se perdió en la noche, se mezcló como nunca antes; vivió experiencias e hizo lo que quiso a costa de dejar de querer. “Sin querer queriendo”, como dice la canción. Le contaba todo a una persona que se hacía la sueca, le daba la espalda, se encogía de hombros y nunca precisaba de él. Para él era duro, pues veía cómo adoraba a sus amigos. Y como ella no quería ni pretendía que fuera uno más de sus amigos.

Esa perra de hortelano.
Esta cura de Don Juan.

Los bares y la música eran un escape hacia adelante. Curioso, no conozco a nadie que escapara con tantas ganas de haber encontrado, al fin, un amor de verdad, un alma gemela y algo, un poco, un mínimo, un atisbo, de estabilidad. Pero la felicidad no está en la estabilidad. Pero él no podría saber esto aún…   

La última, era una hermosa mujer de color. Era la que más puro amor sentía y una nueva aventura en toda regla. El problema, vivía en un frío suburbio de una ciudad alemana y el universo no había conspirado suficiente para propiciar un reencuentro.

Y ninguna era protagonista de esta historia. La verdadera protagonista de esta historia es una ausencia, o mejor, la marca de una ausencia. Este cuento habla más del fierro encendido que marca a la vaca; se centra en la herida, repara y se detiene en el terrible olor a carne, al ardor en la piel, un mugido que se eleva al cielo.   

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