Tened cuidado con la chispa del talento: podéis salir ardiendo
Barcelona, México
Tened cuidado con la chispa del talento: podéis salir ardiendo
¿Quieren leer literatura joven llena de pensamientos modernos, ciudades mágicas, música, sensualidad, arte, cultura, diálogos reales, y sexo sin bridas o cinta aislante?
Para eso necesitamos a un personaje clave…
Arnaldo Blue
Ignacio Reyes…
Un corrupto españolito valenciano acaba de dimitir, mientras atacaba con soflamas absurdas a todos los que le habían dado el voto, el dinero y le habían perdonado el linchamiento. Pero linchar estaba muy mal visto. Aunque en el fondo, sería una buena disuasión, pues todos metían mano en la caja pública.
Bajo a Gran de Gràcia. Quería hacer un café al lado del metro Fontana. Le encantaba esas bocas donde las personas se cruzaban, se abrazaban, se esperaban y caminaban decididamente solas. Envidiaba a esas personas que iban solas y quería acompañar, como si estar sola fuera valiente, pues una cosa así debería estar siempre acompañada.
Tomaba el café. Juzgaba piernas, faldas, escotes, actitutes, miradas, y todas esas formas de lenguaje no verbal que ojalá nunca hubiera estudiado con tanta detención; se anticipaba siempre al momento y se ponía nervioso, no podía ni entablar una conversació no verbal. Le superaba, estaba tenso y estaba tan receptivo como un glande cerca de eyacular. Su cerebro era com un glande a punto de eyacular. Por qué había acabado hecho un copleto pervertido.
Si al menos la perversión fuera lo peor. Lo de deshollar corruptos y viajar a Texas a presenciar inyecciones letales, eran meras aficiones; su verdadero problema era la marihuana. No podía dejar de fumar; lo que lo hacía torpe a la hora de deshollar malechores y aniquilarlos de la mano del sheriff tejano de turno. Le encantaba dejar de hacer lo que estuviera haciendo para poder fumar un poco. Era sí de simple, retorcido y lacerante.
Un gran villano, un gran héroe; cada uno de esa cualquier cosa de Ignacio Reyes; lo que era cierto es que cuando fumaba no era casi nada, daba igual el maniqueísmo con que se le quiera ver, lo preocupante es que la hierba lo disminuía a casi nada, además de lanzarlo directo a proferir caricias húmedas a un glande que se resentía lanzando estridentes y onomatopéyicos, “chop, chop, chop”. Así veinte años.