EL PEZ QUE SE MUERDE LA POLLA II
Se quitó la gafas, el sudor de la frente, y tomó orden a un niño con mostacho que quería un hotdog con relish en la foodtruck que estaba afuera del evento electrónico. "Jocho-relish-sincebolla", y añadió: "pendejo con mostacho, tía buena: té helado", empezó a sonar la música, era el Barcelona Beach Festival, deseo morir antes que escuchar a esos dejotas del EDM y servir a los que hacen que esta gente sean número uno. Era lo último que esperó después de tener, como siempre, objetivos en el horizonte y los pies en la arena. Seguiría sirviendo, sonriendo, repitiéndose ese mantra tan humillante, "el que no vive para servir, no sirve para vivir", tan mascullado y con olor a naftalina y a sagrario que solo podía adornarlo con beats mentales e industriales y una sucesión de imágenes multimedia que jugaban con las luces estroboscópicas de su cabeza, aunque lo perturbador era esa sucesión de imágenes religiosas y mestizas. Pensó en dejarlo todo a la mano de los demás, despreocuparse, dedicarse a crear, reír, cantar y dejar de servir, pues era drenante y lo dejaba inservible. Una vez más el cuento del pez que se muerde la polla.
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