El escritor joven que envejeció sin entender los tiempos editoriales
El joven escritor sabía que necesitaba siempre más tiempo y más dinero para escribir. Pero era una entelequia. Lo que se necesita es escribir mucho y que la inspiración te agarre confesado... Esto lo había llevado a no publicar, pues seguía escribiendo. Bueno, al menos, contaba con un par de personas que leían todo lo que subía. Pero, aún no se atrevía con formatos mayores y ambiciosos. EL miedo atávico que le provocaba ver cómo se expandía y ramificaba la más simple de las descripciones le aterraba, después, ¡quién leería todo el mamotreto un par de veces con la intención de corregir y editar? Y gratis... Lo demás debe ser sencillo. Pero el horror vacui y el horror lleni (sic) eran ambos grandes enemigos.
Pero quién puede hacer esta hercúlea tarea sin que se moleste o cobre un dineral… La impaciencia carcomía por dentro. No creía que fuera posible llevar tantos años sabáticos y al mismo tiempo gozar de un nutrido grupo de lectores o personas que apreciaban su manera de arrejuntar palabros y definir situaciones desde las perspectivas más oblicuas o aviesas.
Pero quién puede hacer esta hercúlea tarea sin que se moleste o cobre un dineral… La impaciencia carcomía por dentro. No creía que fuera posible llevar tantos años sabáticos y al mismo tiempo gozar de un nutrido grupo de lectores o personas que apreciaban su manera de arrejuntar palabros y definir situaciones desde las perspectivas más oblicuas o aviesas.
Desconocía que las grandes librerías compraban seis meses antes de ser publicados todos sus libros. Era primero de abril, una decena de diadas de Sant Jordi habían pasado sin saber lo que se sentiría estar al otro lado del stand. Pensaba en J.K Rowling y en Harry Potter. Un libro que se escribió en unos cuantos días y del que el marketing publicitario hizo el resto. Planeación que llevaría años de antelación. Y aquí, uno, viviendo el día a día con dificultad.
Al menos él sabía que sus originales eran casi perfectos, cualquier editor agradecería a un escritor ya no tan joven que en la búsqueda de excelencia entregaba una obra casi siempre publicable. Esta y la carta de la autopublicación parecían las únicas posibles para volverse a ganar un sitio digno en el mundo editorial y literario.
Al menos él sabía que sus originales eran casi perfectos, cualquier editor agradecería a un escritor ya no tan joven que en la búsqueda de excelencia entregaba una obra casi siempre publicable. Esta y la carta de la autopublicación parecían las únicas posibles para volverse a ganar un sitio digno en el mundo editorial y literario.
Era la hora, ya tarde, de apostar por la autoedición. Esta vez, a 23 días para Sant Jordi y después de ocho años licenciado, estaba convencido que el siguiente año se presentaría con un libro bajo el brazo y montaría un stand, aunque fuera ilegal, alegal o legal; aunque los libros se financiaran con la venta de rosas. Lo que no iba a permitir es estar un año más sin publicar.

